viernes, 4 de febrero de 2011

En el país de los lotófagos

En una de sus tantas peripecias en la Odisea, el barco de Ulises es desviado de su curso por fuertes vientos y arrastrado hacia una misteriosa isla en el norte de África. Tras descansar y buscar provisiones, el héroe envía a algunos de sus compañeros a inspeccionar el territorio y conocer a sus habitantes. Ellos son recibidos amistosamente por los nativos y convidados a probar su único alimento, el fruto del loto, que brota en la isla por doquier. Embriagados por su exquisito sabor, caen en una especie de estupor que les hace olvidar completamente su patria y compañeros. Ulises sólo logra hacerlos volver por la fuerza y los lleva amarrados en la cubierta de su nave.

Ya he dicho muchas veces que considero los frecuentes viajes como uno de los aspectos más atractivos de mi profesión. El cambio temporal del escenario de nuestra vida se experimenta generalmente como algo excepcional y enriquecedor, como una ruptura bienvenida de nuestros hábitos rutinarios. La lejanía parece también transformarnos un poco, dotarnos de un nuevo carácter, de otra personalidad, más abierta a lo exótico y dotada de un inusual espíritu de aventura. Seguramente vosotros habéis sentido lo mismo. Las experiencias del viajero son arquetípicas, se asemejan a las de todos aquellos que han visitado tierras y culturas lejanas a lo largo de la historia.

Ulises y sus compañeros son, sin duda, los arquetipos del viajero. Como el suyo en su afán de volver a Ítaca, todo viaje es, en cierta medida, un regreso, sea este físico, emocional o espiritual. Las fantásticas aventuras de los protagonistas de la Odisea nos revelan, entonces, sentimientos y vivencias que, más allá de la fantasía y la poesía, conocemos íntimamente.

Al igual que los compañeros de Ulises, el viajero siempre está expuesto a una serie de tentaciones que pueden hacerlo olvidar sus destinos u objetivos, frutos de efecto similar al loto homérico. Algo semejante siento aquí en las grandes bibliotecas de la universidad de Tübingen. Sus estantes me ofrecen en increíble variedad una singular riqueza de embriagadores frutos y sucumbo indefenso a la tentación. Así pasan las horas y los días sin notarlo y abandono mis tareas habituales, como por ejemplo, este blog.

¿Habéis vosotros experimentado alguna vez lo mismo?

4 comentarios:

Ramiro dijo...

Pues no deberías abandonarlo (aunque a veces debo decir el esfuerzo se hace enorme). Muchos dependemos de estas pequeñas píldoras de erudición, que nos ayudan a sobrellevar la enfermedad de la mediocridad cultural actual.

Saludos de otro bloguero discontínuo,

B. dijo...

Qué acertada observación, nunca le había dado ese significado empero gracias a usted lo veo ahora perfectamente.

Sucumbir ante otras culturas, al imperante cambio que se presentan en los viajes, en mayor o menor medida, es, si cabe, la que considero una de las más enriquecedoras y bellas experiencias de cada viaje.

Sobre todo concluir, cuando el cambio es sustancial, la imposibilidad de criticar objetivamente las que no son nuestra cultura propia.

Por esto mismo da pie a pensar a cerca de esos arquetipos de viajantes, ¿no serán, en efecto, arquetipos de viajantes propios e inherentes a cada cultura?

Sucumbir ante la belleza y lo exótico de sabernos insignificantes.

Isabel Romana dijo...

Te aseguro que sí. Yo me pierdo en Roma. Allí se acaban para mí el horario, los planes, todo proyecto que no sea dejarme llevar a donde una fuerza desconocida me arrastra cada vez. Esa es mi Roma. Saludos cordiales.

Javi_Maldonado dijo...

estimado profe que sucede que nos ha dejado con las ganas de seguir aprendiendo y culturizándonos (en caso que exista semejante palabra), en fin supongo que entiende lo que quiero decir... un abrazo y los seguidores de este blog esperamos, ansiosamente que vuelva por aca...