
Me he entusiasmado tanto con los comentarios de los lectores a mi última entrada (
omnia mea mecum porto) que me he decido a dar aquí una respuesta general antes que limitarme a la interface de los comentarios. En primer lugar, muchas gracias a todos los que dejaron su opinión. Creo que
Jorge,
Nimbussaeta y
Natalia están de acuerdo con mis afirmaciones. Lo mismo puede decirse de
repunante, que incluso cree que me quedo corto.
Fernando, en cambio realiza algunas objeciones interesantes. Argumenta con razón que hay bienes imprescindibles que uno no puede llevar consigo mismo, como sillas de ruedas, remedios, etc.
Es obvio que no todos los bienes materiales son superfluos pero, en la concepción estoica, el sabio debe estar preparado, en último extremo, a prescindir de todo sin por ello dejar que su equilibrio interior se desmorone. No se trata de algo sencillo, ciertamente, pero nadie dice que el estoicismo sea una doctrina fácil de seguir.
Para aclarar un poco la idea de la invulnerabilidad del sabio os dejo aquí un pasaje del tratado de Séneca que citaba en la entrada anterior, De constantia sapientis:
El fin de la injuria es hacer algún mal; pero la sabiduría no le deja lugar por el que entrar: porque para ella no hay otro mal si no es la torpeza, la cual no tiene entrada donde una vez entraron la virtud y lo honesto: según lo cual, es cosa cierta que no puede llegar la injuria al sabio; porque el padecer algún mal es lo que se llama injuria, y el sabio no le padece, es evidencia de que no tiene que ver con él la injuria; porque toda injuria es una cierta disminución del sujeto en quien cae, no siendo posible recibirla sin alguna pérdida, o en el cuerpo o en la dignidad, o en alguna de las cosas que están fuera de nosotros; pero el sabio no puede perder cosa alguna, porque las tiene todas depositadas en sí mismo, sin haber entregado alguna a la fortuna, teniendo todos sus bienes en parte firme, y contentándose con la virtud, que no necesita de las cosas fortuitas; y así, ni puede crecer ni menguar, porque lo que ha llegado a la cumbre no tiene a donde pasar, y la fortuna no quita sino lo que ella dio; y como no dio la virtud, no puede quitarla: ésta es libre, inviolable, firme, incontrastable, y de tal manera fortalecida contra los sucesos, que no sólo no puede ser vencida, pero ni aun inclinada. Tiene muy abiertos los ojos contra los aparatos de las cosas terribles y no hace mudanza en el rostro, ora se lo pongan delante sucesos prósperos, ora adversos. Finalmente, el sabio jamás pierde aquello que le puede causar sentimiento, porque sólo posee la virtud, de la cual no puede ser desposeído, y de las demás cosas tiene una posesión precaria. ¿Quién, pues, se lamenta con la pérdida de lo que es ajeno? Por lo cual si la injuria no puede damnificar a las cosas que el sabio tiene por propios porque están fortificadas con la virtud, no podrá hacerse injuria al sabio.