lunes, 4 de julio de 2016

El caballo de Diocleciano, salvador de la población de Alejandría

A principios del año 297, la provincia romana de Egipto estalló en una grave revuelta. La población temía, aparentemente, que el censo fiscal decretado por el emperador Diocleciano sería la antesala de grandes subas de impuestos. Los problemas llegaban en un muy mal momento, porque el año anterior un ejército romano liderado por Galerio había sufrido una grave derrota a manos del emperador persa Narses. Las desconfiadas autoridades romanas veían en el levantamiento parte de una conspiración para facilitar el trabajo del enemigo y se decidieron a suprimirlo con gran energía.

Diocleciano asumió personalmente la represión de la insurrección. A finales del 297, el emperador puso sitio a la ciudad de Alejandría, la más grande y rica de la región. A pesar de los esfuerzos del ejército, los alejandrinos resistieron, desafiantes, tras sus murallas por ocho meses. Finalmente, los romanos cortaron los acueductos que abastecían de agua potable a la ciudad, forzando su rendición en la primavera del 298. Tras la agotadora campaña, Diocleciano se dispuso a impartir un castigo ejemplar; dio a sus tropas completa licencia para saquear Alejandría y juró que la violencia sólo se detendría cuando la sangre llegara a manchar las rodillas de su caballo.

El emperador avanzó sobre su magnífico corcel al frente de las tropas por la explanada que conducía a una de las puertas de la ciudad, pero el caballo tropezó con un cadáver que se encontraba tirado en medio de la vía y cayó de rodillas. Diocleciano logró que se alzara nuevamente y vio que sus rodillas se habían manchado con la sangre del muerto. Reconociendo en el acontecimiento una señal divina, ordenó -para gran desilusión de sus tropas-, respetar la vida y propiedad de los alejandrinos. Éstos sintieron tal alegría que, si hemos de creer a un cronista tardío, erigieron una magnifica estatua en honor a su salvador, el caballo del emperador.

lunes, 21 de marzo de 2016

Petrarca y el amor por los libros


Ya he tenido ocasión en este blog de escribir sobre la vida de Petrarca y su importancia como uno de los padres fundadores del humanismo renacentista. En su persona ya se manifiesta plenamente desarrollado el afán por conocer todo lo posible sobre el mundo antiguo y, sobre todo, por rescatar del olvido y leer a los grandes autores del pasado. Unido a ello, encontramos en Petrarca numerosas declaraciones de su amor por los libros, de su sed insaciable por poseerlos.

En una carta famosa, Petrarca incentiva a un amigo para que busque en las bibliotecas monásticas a su alcance textos antiguos olvidados. En un párrafo de singular belleza el poeta explica lo que los libros significan para él:

Pero para que no creas que me he librado de toda culpa humana, te diré que me domina una pasión insaciable, que hasta ahora no he podido ni querido refrenar, intentando convencerme a mí mismo de que el deseo por una cosa honorable no puede ser deshonesto. ¿Quieres saber de qué enfermedad se trata? De una sed insaciable de libros, y eso a pesar de que ya poseo quizás más de los que serían necesarios. Es que con los libros sucede como con muchas otras cosas: el éxito en su acumulación es un estímulo para una mayor avaricia. Además, con los libros sucede algo especial: el oro, la plata, las joyas, los vestidos de púrpura, las casas de mármol, los campos bien cultivados, las pinturas, los caballos bien adornados, y otras cosas de este tipo proporcionan sólo un placer mudo y superficial; los libros, en cambio, nos deleitan hasta la medula, hablan con nosotros, nos aconsejan y se conectan con nosotros en una especie de amistad profunda y vital; y cada uno de ellos no penetra sólo en el alma del lector, sino que inserta allí el nombre de otro libro y despierta el deseo de poseerlo también a éste.

(Mi traducción, este es el texto original latino: Ne tamen ab omnibus hominum piaculis immunem putes, una inexplebilis cupiditas me tenet, quam frenare hactenus nec potui certe nec volui; michi enim interblandior honestarum rerum non inhonestam esse cupidinem. Expectas audire morbi genus? libris satiari nequeo. Et habeo plures forte quam oportet; sed sicut in ceteris rebus, sic et in libris accidit: querendi successus avaritie calcar est. quinimo, singulare quiddam in libris est: aurum, argentum, gemme, purpurea vestis, marmorea domus, cultus ager, picte tabule, phaleratus sonipes, ceteraque id genus, mutam habent et superficiariam voluptatem; libri medullitus delectant, colloquuntur, consulunt et viva quadam nobis atque arguta familiaritate iunguntur, neque solum se se lectoribus quisque suis insinuat, sed et aliorum nomen ingerit et alter alterius desiderium facit.)

Petrarca conoció en Aviñón al inglés Ricardo de Bury (1287-1345), obispo de Durham, otro gran amante de los libros, que compondría el Philobiblon, el primer libro que trata específicamente del amor por los libros. Petrarca le escribiría luego numerosas cartas desde Italia inquiriendo diversas informaciones sobre Inglaterra pero el inglés no se dignaría a contestar. Estaría seguramente demasiado ocupado con sus libros.