sábado, 6 de agosto de 2016

Caesar non est supra grammaticos

Segimundo arribando al Concilio de Constanza

El Concilio de Constanza, celebrado en esa ciudad alemana entre 1414 y 1418 tuvo una trascendental importancia. No sólo porque puso fin a un largo cisma de la iglesia o porque con la condena de Juan Hus dio origen a largos conflictos, sino también porque fue la asistencia al mismo lo que permitió a Poggio Bracciolini emprender sus viajes en busca de manuscritos de textos antiguos olvidados, en los que haría sensacionales hallazgos (tema sobre el que ya traté en otra entrada).

El concilio de Constanza también nos dejó la bella anécdota que quiero contar aquí. La misma es repetida por diversos autores citando siempre fuentes distintas. He encontrado la versión más antigua en la HISTORIA GENEALOGICA Palatino-Neoburgico-Bavarica de Gottfried Ferdinand von Buckisch und Löwenfels publicada en 1687.

El concilio fue convocado por el sacro emperador romano germánico, Segismundo de Luxemburgo. En su discurso de apertura frente a los dignatarios eclesiásticos reunidos, el emperador dijo:

Date operam ut illa nefanda schisma eradicetur

Esforzaos por erradicar esa nefanda cisma

Segismundo utilizó la palabra schisma (cisma), como si se tratara de un sustantivo femenino. Ciertamente la gran mayoría de los sustantivos latinos terminados en “a” son de género femenino, pero el término schisma es en realidad un concepto prestado del griego, σχίσμα. Como muchos otros sustantivos griegos terminados en "ma", σχίσμα es neutro y ese es, por lo tanto, también el género correcto de schisma en latín.

Uno de los asistentes al concilio, un cardenal llamado Placentio (su nombre varía en distintas versiones de la historia) hizo notar a Segismundo que había cometido un error:

Domine, ista locutio tua est parum grammatica, cum schisma sit generis neutrius.

Señor, vuestra expresión es gramaticalmente incorrecta, pues cisma es de género neutro.

Segismundo, visiblemente molesto porque se lo corrigiera respondió:

Domine, ista locutio tua est parum ethica.

¡Señor, vuestra expresión es poco ética!

El emperador preguntó a continuación quién determinaba que debiera hablarse de esa manera. El cardenal comenzó entonces a mencionar a antiguos gramáticos como Prisciano y otros cuya autoridad reafirmaba su corrección. Segismundo todavía más enojado exclamó que él era el emperador y que estaba por encima de la gramática (Ego sum rex Romanus et supra grammaticam) y que, de la misma manera en que era el señor sobre tierras, hombres y leyes, lo era también sobre las palabras y podía, en consecuencia, determinar su género a voluntad.

El cronista comenta que la respuesta del emperador fue desacertada, pues un lenguaje es un espacio más amplio que el dominio de un rey. Según algunas versiones de la historia, el cardenal Placentio se quedó con la última palabra y respondió:

Caesar non est supra grammaticos.

El César no está por encima de los gramáticos.

La celebridad de esta frase se debe, sin embargo a que el filósofo Immanuel Kant la utiliza en su pequeño tratado ¿Qué es la ilustración” (Was ist Aufklärung), como referencia a lo que debe ser el poder limitado del monarca frente a la libertad de expresión de sus súbditos.

lunes, 4 de julio de 2016

El caballo de Diocleciano, salvador de la población de Alejandría

A principios del año 297, la provincia romana de Egipto estalló en una grave revuelta. La población temía, aparentemente, que el censo fiscal decretado por el emperador Diocleciano sería la antesala de grandes subas de impuestos. Los problemas llegaban en un muy mal momento, porque el año anterior un ejército romano liderado por Galerio había sufrido una grave derrota a manos del emperador persa Narses. Las desconfiadas autoridades romanas veían en el levantamiento parte de una conspiración para facilitar el trabajo del enemigo y se decidieron a suprimirlo con gran energía.

Diocleciano asumió personalmente la represión de la insurrección. A finales del 297, el emperador puso sitio a la ciudad de Alejandría, la más grande y rica de la región. A pesar de los esfuerzos del ejército, los alejandrinos resistieron, desafiantes, tras sus murallas por ocho meses. Finalmente, los romanos cortaron los acueductos que abastecían de agua potable a la ciudad, forzando su rendición en la primavera del 298. Tras la agotadora campaña, Diocleciano se dispuso a impartir un castigo ejemplar; dio a sus tropas completa licencia para saquear Alejandría y juró que la violencia sólo se detendría cuando la sangre llegara a manchar las rodillas de su caballo.

El emperador avanzó sobre su magnífico corcel al frente de las tropas por la explanada que conducía a una de las puertas de la ciudad, pero el caballo tropezó con un cadáver que se encontraba tirado en medio de la vía y cayó de rodillas. Diocleciano logró que se alzara nuevamente y vio que sus rodillas se habían manchado con la sangre del muerto. Reconociendo en el acontecimiento una señal divina, ordenó -para gran desilusión de sus tropas-, respetar la vida y propiedad de los alejandrinos. Éstos sintieron tal alegría que, si hemos de creer a un cronista tardío, erigieron una magnifica estatua en honor a su salvador, el caballo del emperador.