sábado, 18 de julio de 2009

Sobre el Tiempo



Quid est ergo tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare velim, nescio'

“¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.”

Así se expresó San Agustín sobre el tiempo y precisó, con pocas palabras, las características centrales de la experiencia humana del mismo. Por un lado el tiempo nos parece algo tan completamente natural, tan intrínsecamente unido a nuestro existir, que la necesidad de buscar explicaciones sobre su evidente naturaleza se nos presenta en un principio como sorprendente. Pero, por otro lado, en cuanto comenzamos a reflexionar con algo de profundidad sobre esa naturaleza, nos enfrentamos inmediatamente con una, hasta ese momento, no percibida dificultad para expresar o definir en qué consiste eso que nos parecía tan evidente. Los hombres vivimos sumergidos en el tiempo, nos regimos por él, él determina todos nuestros actos y nos somete a claras limitaciones.

Las concepciones del tiempo han variado enormemente con el transcurso de los siglos. En la cultura griega predominan, en líneas generales, diversas visiones cíclicas del mismo. Esta concepción es claramente visible en el pensamiento de Pitágoras y Empédocles, entre otros, y sería adoptada por el epicureismo y el estoicismo. En su forma filosófica, la idea común detrás de muchas de estas concepciones cíclicas del tiempo parte de la idea de que mientras que la materia es finita, el tiempo es infinito, por lo que todas las combinaciones materiales posibles se sucederán en el tiempo infinidad de veces. Concepción ilustrada simbólicamente con la figura del uróboros, una serpiente o un dragón engullendo su propia cola y formando así un círculo. Posteriormente en el siglo XIX esta concepción sería popularizada por Nietzsche con el título de “eterno retorno” (Ewige Wiederkunft).


A pesar de que esta tesis ha sido rechazada por Momigliano, creo que muchos elementos de esa visión cíclica del tiempo se encuentran presentes en la historiografía antigua. El ejemplo más claro es la teoría de la sucesión de los distintos tipos de formas políticas en el pensamiento de Polibio. En forma más subterránea, sin embargo, se reconoce en los historiadores griegos la idea de que el tiempo y el espacio son escenarios inertes en los que la combinación de un número limitado de factores produce resultados repetitivos. Ello puede verse, por ejemplo, en la famosas declaraciones de Tucídides y Polibio sobre los discursos puestos en boca de las figuras históricas de su obra. Ellos afirman reproducir lo que se dijo a partir de lo que se debería haber dicho. Ello se explica porque lo que se había dicho era, en su concepción, fácilmente deducible de un análisis de los factores presentes en cada caso.

La historiografía romana hereda de la griega esa concepción cíclica del tiempo pero rompe con la misma. La fundación de Roma se concibe, por el contrario, como un evento único e irrepetible que no puede dar lugar a ciclos. La historia es entonces, por ejemplo en la concepción de un Tito Livio, el relato de la expansión romana siempre victoriosa y que se mantendrá por toda la eternidad.