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sábado, 13 de agosto de 2011

Lorenzo Valla – Un genio poco conocido del Renacimiento

Cuando pensamos en el Renacimiento italiano, inmediatamente nos vienen a la mente figuras como Leonardo Da Vinci, Miguel Angel o Rafael. Pero el esplendor de la época no pasó sólo por las artes plásticas, sino que tuvo su centro en el mundo de las letras y el pensamiento. En esta entrada quiero presentaros la figura de uno de los más grandes y menos conocidos genios del Renacimiento, el humanista, orador y filósofo Lorenzo Valla (1406-1457).


La obra de Valla se destaca por su originalidad e inconformismo frente a muchas de las ideas establecidas de su tiempo y en muchos aspectos se encuentra, incluso, adelantada a su época. Su vida no fue fácil, dado que su espíritu polémico y su extremo orgullo personal le ganarían incontables y encarnizados enemigos.

Nacido en Roma (hijo de un abogado de Piacenza), Valla creció en el estimulante ambiente intelectual de la curia papal, que contaba con la presencia de distinguidos humanistas como Poggio Bracciolini o Leonardo Bruni, con quien Valla tendría posibilidad de estudiar. El objetivo de su juventud fue ingresar como secretario a la curia papal, una posición que le habría proporcionado seguridad económica y abundante tiempo libre para desarrollar sus inquietudes intelectuales, pero algunos conflictos con miembros de la misma lo hicieron fracasar. 

Con tan sólo 24 años, Valla partió entonces para Pavia, donde su excepcional talento le ganó una designación como profesor de elocuencia en la universidad. Su estancia sería, sin embargo, corta, pues un enfrentamiento con los juristas determinó su alejamiento de esa casa de estudios. Tras ocupar brevemente varios puestos en distintas universidades, Valla entró al servicio del rey de Nápoles, Alfonso V de Aragón. Ya antes de llegar a Nápoles, Valla había atraído la atención de los intelectuales de su tiempo con su diálogo De voluptate (1433), en el que defendía una postura epicúrea sobre el placer, contraria a lo sostenido por las corrientes de estoicismo cristiano entonces imperante.

Fue durante sus años al servicio de Alfonso, que Valla escribió las obras fundamentales sobre las que se basa su reputación actual. En primer lugar, su tratado De elegantiis linguae latinae (1440), el primer análisis sistemático del estilo de los autores clásicos, y de las reglas para imitarlo. Sus modelos estilísticos son Cicerón y Quintiliano, mientras que el latín medieval es condenado en forma absoluta como completamente bárbaro. Pero este tratado es mucho más que un simple manual de estilo, es un estudio crítico de la lengua latina que proporciona por primera vez un sistema para el análisis de textos. Valla demostró su capacidad filológica en su edición de Tito Livo, muchas de las correcciones propuestas por él forman parte hoy en día del texto estándar de este autor.

El manuscrito del tratado sobre la donación de Constantino

Fue también durante su desempeño como secretario del rey de Nápoles, que Valla redactó su obra maestra, De falso credita et ementita Constantini donatione declamatio (1440). Se trata de una genial demostración de la falsedad de la “donación de Constantino” un documento conservado en diversas series de recopilaciones de decretos eclesiásticos medievales, y que consistía supuestamente en una sesión de parte del emperador Constantino del poder temporal sobre Roma y el Imperio Romano Occidental para el papa Silvestre y sus sucesores en la silla de San Pedro. Este documento era presentado por los papas como la fuente de legitimación de su poder temporal. Valla realiza un análisis histórico, político, filológico y jurídico para probar las contradicciones entre el documento y su supuesta época, como medio para rechazar en forma absoluta la autenticidad del mismo. Valla continuó aplicando el mismo método para probar la falsedad de otros textos aceptados por la iglesia, como por ejemplo una carta de Cristo citada por Eusebio.

El tratado de Valla sobre la donación de Constantino fue probablemente motivado por el enfrentamiento entre su patrón Alfonso y el papado. La protección del rey le permitió a su autor escapar a los intentos eclesiásticos de castigarlo como hereje. La figura de Valla demuestra el mucho menor poder de la inquisición en el siglo XV que en el período de la contrarreforma. La muerte del papa Eugenio IV en 1447 mejoró la posición de Valla, puesto que el nuevo papa Nicolás V, de formación humanista, convocó al rival de la iglesia para desempeñar una excelentemente remunerada posición como secretario apostólico. Valla ocupó en sus últimos años la cátedra de retórica en Roma y realizó por encargo del papa importantes traducciones de textos griegos al latín.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Los inicios de la arqueología y la epigrafía en el Renacimiento


He escrito con frecuencia en esta página sobre Poggio Bracciolini, el genial humanista a quien debemos, entre tantas otras cosas, la conservación de una buena parte de la literatura clásica. El multifacético Poggio se destacó, también, como el iniciador del estudio histórico serio de las ruinas romanas. En su obra se conjuga por vez primera el estudio de los restos arquitectónicos con el análisis tanto de inscripciones, como de las informaciones proporcionadas por los textos clásicos, especialmente Vitruvio y Frontino. La primera parte de su tratado De Varietate Fortuna es la principal fuente de la que disponemos para conocer el estado de conservación de los monumentos de la ciudad en la primera parte del siglo XV. Esta parte de su obra es conocida normalmente bajo el título: Ruinarum urbis Romae descriptio. Pero como este título lo indica, Poggio ofrece sólo una descripción del estado de los monumentos antiguos en su tiempo, y no un estudio sobre el pasado de la ciudad de Roma. Especialmente interesantes son sus referencias a la destrucción permanente que experimentan los restos de los edificios antiguos, principalmente porque el mármol era quemado para transformarlo en cal, que era a su vez usada como materia prima para nuevas construcciones. 
Pese a los importantes méritos de Poggio, el título de primer estudioso de la arqueología y la epigrafía antigua corresponde a Ciriaco de Ancona (c.1391-c.1450). Miembro de una familia de comerciantes, Ciriaco fue en gran medida un autodidacta cautivado por la corriente humanista de la época. Ciriaco dedicó primero su atención a las inscripciones de su ciudad natal, y posteriormente recopiló muchas en Roma, donde también estudió los restos arqueológicos. Ciriaco aprendió griego en Constantinopla y recorrió todos los territorios griegos recopilando informaciones arqueológicas y copiando los textos de las inscripciones. Con el cuidado en su trabajo Ciriaco definió criterios de rigurosidad en la trascripción de los textos y en la descripción de la ubicación de la inscripción que representan un gran avance disciplinar. Lamentablemente los manuscritos de sus obras principales se han perdido. 
Un nuevo nivel en el estudio de las ruinas romanas es alcanzado por Flavio Biondo (1388-1463). Al igual que muchos de los humanistas de este período, Biondo se desempeña como secretario de la curia papal y aprovecha las posibilidades y el tiempo libre proporcionado por este puesto para sus extensas investigaciones. Su obra  Roma instaurata (3 vols. 1444-1446) marca la primera vez que se deja de lado la mera descripción de las ruinas romanas para concentrarse en la reconstrucción histórica de los monumentos y la sociedad antigua. Su obra Roma triunphans (1455-1463) es un detallado estudio de las instituciones políticas, militares y religiosas de la Roma antigua. Su Italia illustrata (1453) es una descripción de los monumentos antiguos de la totalidad de Italia. Pero es su obra Historiarum ab inclinatione Romanorum imperii decades (1435-1453) la que marca un nuevo nivel en la historiografía humanista. Con ella Biondo se erige en fundador de la historia de la Antigüedad tardía y la Edad Media. Biondo es todavía ante todo un erudito antes que un historiador, pero su minucioso trabajo servirá de base para las generaciones siguientes y será muy utilizado por historiadores posteriores.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Concedo nulli – relanzando Latin quotes

Después de mucho tiempo de inactividad, me decidí definitivamente a relanzar la versión inglesa de citas latinas, latin quotes. Con ello sólo quiero decir que he modificado un poco el diseño de la página –en realidad, sólo para hacerlo más simple todavía-  y escrito una nueva entrada. El alter ego inglés de este blog no dejará nunca, probablemente, de ser nada más que un experimento -y con poquísimos lectores, por cierto. A pesar de todo ello, me atrae la idea de presentar versiones en inglés de algunas de las mejores entradas de citas latinas. Es interesante ver como lo que uno plantea en principio como una traducción, termina transformándose en algo ligeramente diferente.

Hoy fue una buena excusa para volver sobre una de mis frases latinas favoritas, concedo nulli, no cedo ante nadie, el lema personal del gran humanista Erasmo. El pintor Hans Holbein realizó para Erasmo el grabado que encabeza esta entrada como diseño para un vitral. En el vemos al dios romano Término representado como un mojón cuya parte superior se transforma en busto. Según la leyenda, cuando el rey romano Tarquino inició la construcción del templo de Júpiter Máximo en el Capitolio, la roca que representaba al dios Término no pudo ser desplazada para hacer lugar al nuevo edificio a pesar de que se realizaron ingentes esfuerzos. Los romanos lo interpretaron como una profecía de que Roma nunca vería retroceder sus límites. Por muchos siglos fue cierto.

martes, 10 de agosto de 2010

Cuando llega la tarde…

Cuando llega la tarde, regreso a mi casa y entro en mi estudio. Dejo en la puerta mi ropa de trabajo, cubierta de barro y polvo, y me cubro con ropajes regios y suntuosos. Así, apropiadamente vestido, penetro los viejos palacios de los hombres antiguos y ellos me reciben con afecto. Allí me nutro de un alimento que me pertenece y para el que he nacido. Allí no me avergüenza hablar y preguntarles las razones de sus acciones. Ellos, con generosidad, me responden y por cuatro horas no siento aburrimiento, olvido todo problema, no lamento mi pobreza, no tengo miedo a la muerte y me entrego por completo.

Me gustaría ser el autor de estas palabras -pues expresan con singular belleza un sentimiento que comparto- pero proceden de una carta de Maquiavelo a Francesco Vettori, escrita en Florencia, el 10 de diciembre de 1513. Hace un tiempo intentaba explicar en esta página qué es el humanismo. Maquiavelo lo hace mucho mejor en este párrafo: El humanismo es el diálogo con los clásicos.

viernes, 16 de julio de 2010

¿Qué es el humanismo? y ¿Por qué escribo este blog?


El humanismo

Los escritores romanos utilizaban el término humanitas para referirse al efecto civilizador de la literatura y las artes liberales. Inspirados por ese concepto, los humanistas del siglo XIV acuñaron una expresión desconocida en la Antigüedad, litterae humanae o litterae humaniores, refiriéndose con el comparativo a la diferencia entre la nueva literatura que ellos proponían en base al modelo clásico y la existente en su tiempo. Se trataba, sobre todo, de un rechazo de la tradición escolástica de las universidades medievales y de la poco estilizada “jerga” latina que la caracterizaba. Los studia humanitatis serían el camino hacia esa nueva literatura, más bella y elegante, y, también, hacia una nueva concepción del mundo. Bajo ese título se comprendía el estudio de las disciplinas clásicas heredadas de la Antigüedad, la gramática, la retórica, la poesía, la historia y la filosofía.

Es necesario destacar que durante el renacimiento no se utilizó el concepto “humanismo”, el término fue inventado retrospectivamente por algunos historiadores alemanes del siglo XIX para designar la corriente cultural iniciada por los humanistas. En el período se hablaba sólo de los studia humanitatis y se llamaba humanistas a quienes los practicaban.

El programa cultural de los humanistas se expandió paulatinamente y llegó así a pretender la emulación de la totalidad de la cultura antigua, considerada como manifestación máxima de la civilización humana. Esta aspiración imitativa comenzó, entonces, a trascender la literatura y extenderse a las artes plásticas, la política, la filosofía y muchos otros ámbitos. Los humanistas trataron de crear ciudadanos virtuosos, como los que ellos admiraban de Atenas y Roma, que serían capaces de hablar y escribir con elocuencia y claridad, de participar en la vida cívica de sus comunidades y de persuadir a otros a realizar virtuosas y prudentes acciones. Con sus esfuerzos contribuyeron a una profunda transformación cultural, aportando muchos elementos que serían centrales para el desarrollo de lo que conocemos como modernidad.

¿Por qué escribo este blog?

A pesar de la distancia que nos separa del renacimiento italiano, creo que los ideales de los humanistas tienen todavía hoy mucho que aportarnos. La idea de que nuestra vida puede enriquecerse por el conocimiento de las grandes tradiciones de pensamiento del pasado parece casi ausente en un mundo que rinde sólo culto a lo nuevo. Recuperarla es uno de los objetivos que me impulsan a escribir este blog.

lunes, 4 de enero de 2010

Otra facetia de Poggio (los campesinos que debían decidir si comprar un crucifijo vivo o muerto)

Continuando mi entrada anterior sobre las Facetiae de Poggio Bracciolini os dejo aquí un nuevo ejemplo del humor del renacimiento italiano.

Sobre unos campesinos interrogados si querían comprar un crucifijo vivo o muerto

Desde esta misma ciudad, algunos campesinos fueron enviados a Arezzo para comprar un crucifijo de madera, que iba a ser colocado en la iglesia. Llegaron ante un hombre que vendía estos objetos, y este último, viendo que trataba con patanes ignorantes, decidió jugarles una broma.

Después de escuchar su petición, les preguntó si querían al crucifijo vivo o muerto. Ellos, desconcertados, se retiraron por un momento para discutir el asunto, pronto anunciaron que lo preferirían vivo, ya que, si a sus conciudadanos no les gustaba así, podían entonces matarlo en un minuto.

jueves, 31 de diciembre de 2009

La colección de chistes (Facetiae) de Poggio Bracciolini

En la última entrada de este blog tratábamos del gran humanista Poggio Bracciolini, concentrándonos en su faceta de cazador de manuscritos antiguos. Poggio fue uno de los pensadores y escritores más versátiles de este período y creo que hay muchos otros aspectos interesantes para destacar de su vida y obra, como sus escritos históricos, sus contribuciones al estudio arqueológico de las ruinas romanas, sus tratados polémicos, etc. Pero hay una faceta particularmente interesante por su originalidad y por revelar una cara poco conocida de los círculos humanistas del renacimiento, se trata de sus escritos humorísticos. Una de las obras más famosas y exitosas de Poggio fue su colección de chistes, Facetiae, uno de los libros más reeditados en Europa entre los siglos XV y XVIII. Se trata de una recopilación de pequeñas historias de gran comicidad y, en su mayoría, de contenido erótico-picaresco. Algunas no han resistido el paso del tiempo y parecen hoy demasiado simples o inocentes, otras conservan intacta su capacidad de hacer reír. Os dejo aquí una pequeña muestra, una de mis favoritas, muy imitada posteriormente.

La admirable respuesta de un niño al cardenal Angelotto

El cardenal Angelotto era un hombre mordaz, siempre dispuesto a discutir, muy locuaz pero poco prudente. Cuando estaba en Florencia el Papa Eugenio, el cardenal fue visitado por un niño de diez años, notable por su extrema inteligencia. El pequeño utilizaba un vocabulario escogido y tenía un discurso excelente. Admirado Angelotto por la seriedad y por el estilo de sus palabras, y viendo que el niño respondía inteligentemente a todas sus preguntas, se volvió a sus acompañantes y dijo: “A los que tienen este ingenio y capacidad desde la niñez al crecer les disminuye el intelecto y terminan por volverse idiotas como adultos”. El niño le respondió sin demora: “Vos debéis entonces haber sido el más sabio e inteligente de todos en vuestros primeros años”. El cardenal enmudeció ante la ingeniosa respuesta, viéndose reprochado por estúpido por quien había considerado sólo un niño.

En la Bibliotheca Augustana podéis encontrar una versión completa en latín de las Facetiae de Poggio.

martes, 15 de diciembre de 2009

Los primeros humanistas - Los cazadores de manuscritos


Poggio Bracciolini

Después de un cierto tiempo de descuido, regreso a uno de los temas frecuentes en este blog, el Renacimiento.

Ya he tratado antes sobre los origines del humanismo a fines del siglo XIV. En la primera mitad del siglo XV, el movimiento inspirado por los discípulos de Petrarca fue ganando fuerza y atrayendo figuras de importancia. Florencia se distinguió como el primer gran centro de la cultura humanista, donde bajo el liderazgo de figuras como Coluccio Salutati y Niccolo Nicoli importantes grupos del patriciado y algunos sectores medios de la población urbana fueron cautivados por el estudio e imitación de la Antigüedad clásica. Mientras en el resto de Europa occidental la tradicional literatura caballeresca representaba el ideal de excelencia humana considerado digno de imitación por la nobleza y las nuevas élites urbanas, y mientras en las universidades el escolasticismo se tornaba cada vez más dogmático en los principios de sus distintas escuelas, en Florencia surgía una enteramente nueva forma de educación basada en el ideal aristocrático ciceroniano y en el estudio de los autores latinos y griegos. Este nuevo entusiasmo se enfrentaba a un grave problema. Eran muy pocos los textos de autores clásicos que se conservaban y se encontraban disponibles para ser copiados y puestos en circulación. Se inició entonces una verdadera “caza” de manuscritos, una búsqueda frenética por salvar la herencia intelectual de Grecia y Roma de la destrucción y el olvido.

Poggio Bracciolini y el redescubrimiento de la literatura Antigua


Monasterio de Reichenau

De entre los humanistas de la primera parte del siglo XV, una figura se destaca por su importancia: Gian Francesco Poggio Braccioloni (1380–1459). Hijo de un notario florentino empobrecido, la falta de recursos no representó un obstáculo para tener acceso a la mejor educación pública disponible en Florencia. El extraordinario talento del joven Poggio le garantizó el patronazgo de importantes humanistas, lo que le facilitó el ingreso a un cargo de secretario en la curia papal.

Sin duda, una de las mayores contribuciones de Poggio al estudio de la Antigüedad fue su labor como “cazador de manuscritos”. Su asistencia en 1414 al concilio de Constanza, organizado para la reunificación del papado (existían entonces tres papas rivales) le permitió explorar las bibliotecas de muchos monasterios de Alemania y Suiza (especialmente los de Reichenau, Weingarten y St. Gall). El catálogo de sus descubrimientos es notable: La Institutio Oratoria de Quintiliano, Las Argonautica de Valerio Flaco, numerosos discursos de Cicerón, los comentarios a algunos diálogos de Ciceron de Asconio. También encontró manuscritos de Lucrecio, Columella, Silio Itálico, Manilio, Stacio y Vitruvio. Además, descubrió en Langres el manuscrito del discurso de Cicerón en favor de Cecina, y manuscritos de Amiano Marcellino, Frontino, Nonio Marcello, Probo, y otros de menor importancia.

Manuscrito de Cicerón copiado por Poggio

La búsqueda de los textos desconocidos era una pasión compartida por todos los aficionados a los nuevos estudios. Si bien Bracciolini es el más destacado de los cazadores de manuscritos, también otros humanistas realizaron en la primera mitad del siglo XV importantes descubrimientos. A ellos les debemos la conservación de los textos griegos y latinos que hoy constituyen nuestra principal fuente de conocimiento de la Antigüedad. Los humanistas eran apoyados en este empeño por príncipes, papas y grandes familias de comerciantes que invertían enormes sumas en el rastreo de los textos y en la producción de exquisitas copias. Cosme de Medici invirtió grandes sumas en acumular excelentes manuscritos tanto para su colección privada como para una serie de bibliotecas públicas fundadas por él en Florencia. Muchos de esos manuscritos se conservan hoy en la Biblioteca Laurenciana y constituyen la base para el estudio filológico de buena parte de los textos que hoy se conservan.

domingo, 26 de julio de 2009

Los discípulos de Petrarca y la difusión del Humanismo



Hace un tiempo tratábamos en esta página sobre Francesco Petrarca y su papel central en la difusión del humanismo renacentista. Continuando esa historia, quisiera ahora resaltar el papel de algunos de sus discípulos.

Boccacio un maestro de la literatura universal

El más famoso de los discípulos de Petrarca fue, sin duda, Giovanni Boccaccio (1313-1375), recordado hoy sobre todo por el Decamerón, una obra maestra de la literatura italiana y universal. Orientado por su familia hacia una ocupación mercantil y luego hacia el estudio del derecho canónico, Boccaccio dejó estas profesiones para concentrarse en la literatura. La amistad con Petrarca fue un hecho decisivo en su vida, pues éste lo cautivó para el estudio de la literatura antigua. Boccaccio lo consideró siempre su maestro y líder intelectual y fue bajo sus instrucciones que emprendió el estudio del griego, llegando finalmente a dominar esta lengua (lo que había quedado vedado a Petrarca). Sus contribuciones más significativas al estudio de la Antigüedad fueron filológicas. Boccaccio fue, como Petrarca, un cazador de manuscritos y a él le debemos la conservación de parte de las obras de Tácito, Marcial y Ausonio, entre otros. Adelantado a su tiempo, Bocaccio demostró gran espíritu crítico al comparar los textos de diferentes ejemplares para llegar a conformar un mejor original, pero como historiador se mantuvo incluso por debajo de los estándares alcanzados por Petrarca, componiendo colecciones de biografías y de anécdotas, y también diccionarios de nombres para facilitar la lectura de los textos antiguos.


Coluccio Salutati, difusor del humanismo

Del resto de los discípulos de Petrarca no podemos mencionar más que a los más importantes. Una figura de primer rango fue sin duda Coluccio Salutati (1331-1406), importante como difusor de las nuevas ideas y como protector y formador de otros importantes humanistas. Salutati recopiló una muy importante biblioteca, a él le debemos la conservación, entre otras obras, de las Epistulae ad familiares de Cicerón y del De agricultura de Catón el viejo. Para la producción de los manuscritos de su colección, Salutati aplicó por primera vez principios filológicos críticos. Pero Salutati fue, además de un académico, un influyente político y orador, desempeñándose los últimos 31 años de su vida como canciller de Florencia. Su prominencia política hizo mucho por la difusión del humanismo. Fue bajo su impulso que se estableció en Florencia la primera cátedra de griego, ocupada por el brillante filólogo bizantino Manuel Chrysoloras.

En la primera mitad del siglo XV, el movimiento inspirado por los discípulos de Petrarca fue ganando en fuerza y atrayendo figuras de importancia. Florencia se distinguió como el primer gran centro de la cultura humanista, donde, bajo el liderazgo de figuras como el ya mencionado Coluccio Salutati o Niccolò Niccoli, importantes grupos del patriciado y algunos sectores medios de la población urbana fueron cautivados por el estudio e imitación de la Antigüedad clásica. Mientras en el resto de Europa occidental la tradicional literatura caballeresca representaba el ideal de excelencia humana considerado digno de imitación por la nobleza y las nuevas élites urbanas, y mientras en las universidades el escolasticismo se tornaba cada vez más dogmático en los principios de sus distintas escuelas, en Florencia surgía una enteramente nueva forma de educación basada en el ideal aristocrático ciceroniano y en el estudio de los autores latinos y griegos.

viernes, 8 de mayo de 2009

Petrarca y el humanismo





Sibi et post eum ascendere volentibus viam aperuit
“Abrió una vía para sí mismo y para los que querían ascender después de él”
Giovanni Bocaccio sobre Francesco Petrarca en una carta a Jacopo Pizzinga escrita en 1372

La consolidación del humanismo como corriente de pensamiento organizada está indisolublemente ligada a la figura de Francesco Petrarca (1304-74). Su singular talento supo dar forma al nuevo espíritu de la época
-como lo demuestra su éxito inmediato y arrollador- e impregnar con su carácter el desarrollo posterior en forma decisiva. Petrarca es conocido y leído hoy principalmente por su poesía italiana, él fue, sin embargo, mucho más que un poeta, fue en cierta medida -por lo menos considerado a partir de los estándares de la época- también un historiador, un filólogo, un diplomático, un educador y, sobre todo, un líder intelectual, capaz de inspirar a numerosos discípulos con sus ideales.



Vástago de una familia de exiliados políticos florentinos, Petrarca nació en Arezzo y pasó parte de su niñez en la corte papal en Aviñon. Formado, por imposición paterna, como jurista en Montpelier y Bolonga, Petrarca sintió, sin embargo, desde su temprana juventud una fuerte inclinación por la literatura y, especialmente, por la latina antigua. Antes que un gran renovador, Petrarca representa, más bien, una figura de transición que supo dar a algunas de las nuevas ideas que circulaban en su tiempo una forma especialmente atractiva. Esbozos de muchas de sus ideas centrales son reconocibles ya en la obra de algunos de sus precursores intelectuales, como por ejemplo Albertino Mussato. La en este tiempo ya muy difundida pasión por el pasado de Roma es también claramente perceptible en el intento de Cola di Rienzi de restaurar la república romana. Petrarca combina todas estas ideas presentes en el ámbito intelectual de su época y las presenta en un conjunto especialmente atractivo. En Petrarca pueden reconocerse ya algunas de las características que serán típicas en humanistas posteriores: una pasión especial por el latín como lengua viva, un esfuerzo por recrear un estilo clásico -modelado principal, pero no exclusivamente en las obras de Cicerón-, una aproximación global a la cultura antigua y la entronización del ideal de la humanitas.


Frontispicio de un manuscrito de Petrarca

Petrarca llevó adelante una carrera como funcionario eclesiástico para tener los medios y la disponibilidad de tiempo para dedicarse a sus estudios. Al servicio de varios patrones nobles realizó como agente diplomático extensos viajes, los que aprovechó para recolectar manuscritos de autores antiguos hasta entonces fuera de circulación. Sus viajes fueron también una oportunidad para garantizarle una amplia repercusión a sus ideas, especialmente en Italia. Petrarca recopiló una, para su época, enorme biblioteca, siendo muchos ejemplares copiados por él mismo. Algunos de los textos más importantes con los que hoy contamos gracias a él son, por ejemplo, la correspondencia entre Cicerón y Ático, también las cartas a Quinto y a Bruto, el pro Archia y lo que se conserva de Tito Livio. Pero Petrarca fue también, con las limitaciones propias de su época, lo que podríamos denominar un historiador de la Antigüedad. Su obra De viris illustribus es una serie de biografías de notables personajes de la Antigüedad, mientras que sus rerum memorandarum libri IV consisten simplemente de una colección de anécdotas morales. Estas obras marcan, sin embargo, una ruptura metodológica con la historiografía de la Edad Media. Petrarca dejó de lado las leyendas comunes en su tiempo y se basó sólo en los testimonios directos de los autores antiguos a su alcance. En algunos casos recurrió incluso a fuentes no literarias. Él es también uno de los primeros en coleccionar monedas antiguas e inscripciones, y en contemplar las ruinas de Roma con un interés histórico. Con él comienza, de hecho, el estudio de los restos arqueólogicos romanos. En su época se conservaba mucho que hoy ya ha desaparecido hace siglos pero, lamentablemente, gran parte de la herencia antigua de la ciudad había sido completamente destruida una generaciones antes de Petrarca en los combates entre Brancaleone y los nobles romanos de 1258.


Manuscrito de Petrarca

La principal ruptura con la historiografía medieval es, sin embargo, el hecho de que Petrarca deja de lado una autoridad o un principio teológico como eje estructurador de la historia. Petrarca no es el único representante de esta nueva historiografía en siglo XIV. Otro autor destacable, hoy prácticamente olvidado, es Giovanni de Matociis, el autor de una historia imperialis, es decir, una colección de biografías de emperadores romanos. De Matociis fue el primero en utilizar monedas como fuentes históricas, lo que lo coloca claramente por delante de los estándares historiográficos de su tiempo. Pero el impacto y difusión de su obra fueron muy inferiores a los de Petrarca.


Boccaccio

El humanismo como movimiento fue ajeno al ambiente universitario, dominado por teólogos, juristas y médicos. Por eso la difusión se realizó en forma informal gracias a la capacidad de Petrarca de inspirar a un número relevante de distinguidos discípulos que le dieron a sus ideas un carácter de movimiento. Siguiendo su modelo, la mayoría de los humanistas destacados serían profesores errantes que enseñaban o disertaban por breves períodos en cada lugar. Su sede más habitual serían las cortes de los príncipes, las cancillerías de las repúblicas, o la curia papal y no las casas de estudio, donde su empleo sería, por lo general, sólo ocasional. Uno de sus discípulos más importantes fue, sin duda, Giovanni Boccaccio (1313-1375), recordado hoy sobre todo por el Decamerón, una obra maestra de la literatura italiana y universal.
Como afirma Boccaccio en la cita que encabeza esta entrada, Petrarca abrió una nueva vía intelectual y ha inspirado a muchos a seguirlo. Todos los que nos dedicamos a la investigación y la docencia, sin importar nuestra disciplina, estamos entre quienes seguimos sus huellas.

viernes, 20 de febrero de 2009

Ciceronianismo


"Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe." (Borges, El escritor argentino y la tradición, 1951.)

Sobre lo obvio no es necesario explayarse. Esa sería la idea de este fragmento. De la misma forma podría defender el no haber mencionado todavía a Cicerón en este blog, que pretende ocuparse de la cultura clásica. A pesar de no haber sido nombrado expresamente, se ha encontrado siempre presente. Como me informo en este artículo de que –contrariamente a lo afirmado por Gibbon y creído por Borges- si hay camellos en el Corán, pienso remediar mi falta para con Cicerón con una serie de entradas. Para empezar creí oportuno presentar una breve reseña del ciceronianismo.
Todo aquel que ha estudiado latín ha tomado contacto directo con las obras de Cicerón (o con algunas de ellas). El gran orador romano es considerado uno de los máximos -sino el mayor- exponente de la prosa latina clásica. A partir de sus textos se han modelado, en buena medida, las gramáticas y demás instrumentos con que el estudiante se inicia y adentra en el estudio de ese idioma. Yo no he sido la excepción. El estilo, la cadencia y la potencia de sus discursos y tratados enriquecieron mis años de estudio y todavía me deleitan regularmente.
Cicerón fue leído en todas las épocas. Ya en las décadas que siguieron a su muerte su estilo era considerado por la mayoría de los profesores de retórica como uno de los mejores modelos a imitar. Fue Quintiliano, sin embargo, a fines del siglo I d.C. quien lo entronizó definitivamente como máxima concreción de la elocuencia. Movido por el rechazo al más recargado estilo de su época, Quintiliano identificó al gran orador como paradigma de lo clásico. Fue así el creador del Ciceronianismo, concepto por el que se entiende la imitación del lenguaje de Cicerón como modelo estilístico absoluto y la adopción de su ideal sobre la formación del orador perfecto mediante la combinación de elocuencia y sabiduría.
Petrarca

La popularidad del gran orador romano se mantuvo intacta durante la Edad Media, sus ideales filosóficos y educativos siguieron ejerciendo gran influencia, pero el latín medieval se caracterizó por una compleja combinación de las diversas tradiciones idiomáticas del latín y no por una imitación directa de Cicerón. Fueron los humanistas del Renacimiento italiano quienes recuperaron la identificación de la lengua ciceroniana como máximo exponente literario de todos los tiempos y la tomaron como criterio de evaluación para condenar al latín de los autores del medioevo. El precursor fue, por supuesto, Petrarca, quien destacó a Cicerón como uno de los mayores autores de la Antigüedad, pero sin por ello plantearse como objetivo una imitación directa de su estilo. Para él, el autor, tal como las abejas producen la miel con el néctar de muchas flores, debía formar su estilo combinando lo mejor de diversos modelos (véase Ep. ad familiares 1.8).

Hummanistas posteriores destacaron que Petrarca y sus inmediatos seguidores (como Bocaccio o Coluccio Salutati) habían sido los primeros en señalar el camino para la restauración del latín clásico. Consideraban, sin embargo, que su éxito había sido sólo parcial y abogaron por una cercanía mucho mayor con el estilo ciceroniano. La idealización de la vida y obra del orador romano alcanzó entonces un punto extremo, visible, por ejemplo, en el Cicero novus de Leonardo Bruni, una biografía de tono claramente panegírico.


Leonardo Bruni

Comienza entonces una tendencia fuertemente arcaizante en el uso del latín. No se reconoce como respetable ninguna palabra que no aparezca en las obras de los autores clásicos. Los santos comienzan entonces a ser llamados dii y deae, sus estatuas, simulacra sancta deorum; las monjas, vestales virgines; el cielo, Olympus; los cardenales, augures, el Papa, pontifex maximus, y Dios, Jupiter optimus Maximus!

El ciceronianismo no fue, sin embargo un movimiento uniforme. Por el contrario, fueron frecuentes las diferencias entre los humanistas en torno al grado en que el latín debía regirse por este modelo. Mientras que un grupo era partidario de una imitación libre, otro proponía tomar al Arpinate como precepto riguroso de estilo. Sobre esta disputa basta aquí mencionar dos de sus manifestaciones literarias más famosas. En primer lugar, la discusión al respecto en el intercambio epistolar entre Poliziano y Paolo Cortese (de la que pretendo tratar en una próxima entrada de este blog). En segundo, el magistral diálogo de Erasmo, Ciceronianus. Sive de optimo dicendi genere.



En el último tercio del siglo XVII el ciceronianismo comenzó a perder influencia rápidamente. El tacitismo, la imitación del estilo de Cornelio Tácito ganó entonces un papel preponderante, especialmente de la mano de Justo Lipsio (1547-1606), uno de los más influyentes humanistas de ese período. El estilo crítico de Tácito era ciertamente más adecuado para una época en la que el absolutismo de los monarcas europeos empezaba a crear un contexto más semejante al Imperio Romano que a la república. El ciceronianismo conservó, sin embargo, su posición de poder en el ámbito educativo y, pese a los innumerables cambios didácticos y metodológicos, la mantiene en buena medida hasta hoy.

Personalmente, me considero un ciceroniano, pero sólo en el sentido de que admiro profundamente el estilo y el pensamiento de Cicerón, sin aspirar en lo más mínimo a reproducirlo o imitarlo, tareas muy por encima de mis capacidades.

martes, 9 de septiembre de 2008

Concedo nulli


No cedo ante nadie



Los romanos adoraban en la figura del dios Terminus el carácter sagrado de los mojones o piedras para fijar límites entre territorios o propiedades. Según la leyenda (Livio, 1.55), cuando el rey Tarquino comenzó la construcción del templo de Júpiter en el Capitolio, se ordenó la remoción de los altares y santuarios de todos los dioses que eran adorados allí, para que el área quedara consagra exclusivamente al rey de los dioses. Todos fueron trasladados sin problemas, con excepción de una piedra en la que se rendía culto a Terminus, que no pudo ser quitada al ser contrarios los auspicios reconocidos en el vuelo de las aves. Los romanos vieron en este hecho una manifestación del dios y dejaron la roca en el interior del templo. De allí la expresión “no cedo ante nadie”, pues Terminus se había negado a ceder ante el mismísimo Júpiter.

Este hecho fue interpretado como un augurio de que el dominio de Roma sería firme y duradero. La profecía se demostró válida por siglos. Pero cuando Roma fue saqueada por los bárbaros en el año 410 d.C. y su poder se tambaleaba, la eficacia de los dioses tradicionales quedó en duda. San Agustín discutió entonces, en páginas llenas de ironía, la validez de estas creencias.



La celebridad de la frase concedo nulli se debe -como en tantos otros casos- a Erasmo, quien la tomó en 1509 como lema personal, adoptando al antiguo dios Terminus como su emblema. El joven Erasmo se encontraba por entonces en Italia, y empezaba a gozar de reconocimiento internacional por sus trabajos y capacidades. Aparentemente, Erasmo recibió como obsequió de su discípulo Alexander Stewart una gema antigua con la representación del dios Término y fue esto lo que lo inspiró a tomar la imagen del dios y la cita latina aquí comentada como emblemas de su sello personal. Los mismos aparecen en una famosa medalla conmemorativa acuñada para Erasmo, cuya imagen antecede este párrafo. Erasmo es también representado junto al dios Término en el siguiente grabado de Holbein.



Los enemigos de Erasmo, de los que siempre tuvo en abundancia, vieron esto como un gesto de insoportable arrogancia y esta pretensión de primacía fue duramente criticada. Finalmente, en 1528 Erasmo redactó una carta justificando su elección de este lema e intentando desarmar a sus críticos: la “epistola apologetica de Termini sui inscriptione concedo nulli”. Allí el gran humanista declaraba que la expresión no representaba sus propias palabras, sino las de la muerte, el único verdadero término que no cedía ante nadie. Pero esta explicación no satisfizo a sus enemigos. Escrita casi veinte años después de la estadía original de Erasmo en Italia, la misma parece, de hecho, una reelaboración posterior. La humildad nunca fue una de sus grandes virtudes. La posteridad ha sido, sin embargo, más benigna a la hora de juzgar a Erasmo de lo que lo fueron sus contemporáneos. Con justa razón.

miércoles, 9 de julio de 2008

Labore et constantia


Con trabajo y constancia

Los primeros editores de libros impresos fueron los agentes de una revolución cultural que cambió el curso de la historia a partir del Renacimiento. La mayoría de los pioneros eran artesanos de origen alemán que estuvieron en contacto con las primeras imprentas y difundieron el nuevo arte por Europa. Con la consolidación del mismo comenzaron a desarrollarse producciones de gran calidad y algunos pocos impresores conquistaron una reputación internacional por la excelencia de sus publicaciones. En este blog hemos mencionado a algunos de ellos, el veneciano Aldo Manucio y el francés Simón de Colines. Una de las figuras más prominentes del siglo XVI fue el francés Christophe Plantin (1520-1589).



Plantin estableció su imprenta en Amberes, un importante centro comercial y del transporte marítimo, lo que facilitaba la distribución de su producción. La calidad, el estilo y la perfección de sus libros pronto difundieron su nombre por toda Europa. Su lema era labore et constantia, con trabajo y constancia. Máxima ilustrada en el logotipo que encabeza este post y que figuraba en la portada de todos sus libros. La mano de Dios hace girar un compás, el extremo que permanece fijo simboliza la constancia y el que se desplaza, el trabajo. En algunas versiones, esta imagen es acompañada por figuras masculinas y femeninas que también representan estos dos principios.



La obra maestra de la imprenta de Plantin fue la Biblia Políglota, probablemente uno de los mayores hitos en la historia de la producción editorial. Con enorme costo y perfección ejemplar el texto se presenta en columnas paralelas en cuatro idiomas, griego, latín, hebreo y caldeo. Los volúmenes son de una calidad única y pusieron en numerosas ocasiones a Plantin al borde de la ruina por los enormes costos de producción. El rey de España Felipe II prometió ayuda financiera para que el proyecto llegara a buen puerto, pero ésta no se materializó.



La casa editorial de Plantin experimentó numerosas dificultades al iniciarse la rebelión de los países bajos contra el dominio español, especialmente en el saqueo de Amberes por tropas españolas fuera de control en el año 1576. Pero el negocio logró sobrevivir a su creador, pasando a manos de su yerno Moretus. De hecho, la imprenta siguió activa hasta 1867 y es actualmente un museo.

viernes, 13 de junio de 2008

Citas Latinas en el Renacimiento: Andrea Alciato – Emblematum liber


El término Renacimiento es asociado hoy en día sobre todo con los grandes pintores y escultores italianos de los siglos XV y XVI, quienes revolucionaron la concepción y la función del arte en Europa. Leonardo, Miguel Angel, Rafael, son los nombres que primero vienen a la mente en este contexto. En los ambientes intelectuales de la época, sin embargo, el desarrollo de estas nuevas tendencias artísticas no era percibido como un fenómeno central. Sí era considerado de esta manera, por el contrario, el surgimiento de una –algo difusa– corriente de pensamiento denominada “humanismo”. La misma se abocaba a rescatar y recrear la cultura grecolatina, especialmente en lo que se refería a la literatura. A pesar de esta relativa separación, el humanismo literario y el arte plástico tuvieron, ciertamente, muchos puntos de contacto. Uno de los más bellos y curiosos fue –a mi juicio– el de los libros emblemas.


Los libros de emblemas se ubican en la misma tradición que la colección de Adagios de Erasmo ya frecuentemente mencionada en este blog pero le añaden un componente gráfico. Cada frase o –según la terminología técnica– motto, está acompañada de una pequeña ilustración o emblema, y de una poesía moralizante que desarrolla y explica la idea central. El primer libro de emblemas fue obra del jurista y humanista Andrea Alciato (1492-1550). La primera edición del Emblematum liber fue publicada en 1531 y tuvo en éxito avasallador, pasando por innumerables ediciones, versiones y traducciones, y creando, de hecho, un nuevo y popular género literario.


En este blog haremos uso frecuente de esta obra como fuente de adagios de singular agudeza y de ilustraciones de belleza única, como lo demuestran algunas de las que acompañan este texto.


Numerosas páginas de Internet se dedican a la obra de Alciato, entre ellas se destaca …


http://www.mun.ca/alciato/


miércoles, 21 de mayo de 2008

Los Adagios de Erasmo













Con el inicio del siglo XVI Italia pierde el predominio casi exclusivo con el que había contado en el estudio de la Antigüedad. Numerosos humanistas de otros países europeos, formados en muchos casos en Italia, llevaron la flama de los estudios clásicos a sus países de origen, dando inicio a nuevas tradiciones de estudio. Sin duda, una de las figuras centrales en esta difusión europea del humanismo fue Erasmo de Rótterdam (1466-1536).

En el año 1500 un todavía joven y desconocido Erasmo publica en París la primera edición de un texto destinado a convertirse en uno de los más difundidos y reeditados de la historia, los Adagia. Se trata de una colección de citas latinas comentadas y explicadas. En realidad, cada proverbio sirve de excusa para que Erasmo desarrolle su visión de la cultura antigua y del humanismo. Su interés educativo es claramente visible, los adagios son la destilación máxima de los ideales que Erasmo quiere difundir entre un público general.

La primera edición de París incluye sólo 832 adagios. En 1508 Erasmo publica con el veneciano Aldus Manutius - el más célebre de los editores de este período- una segunda edición aumentada (Adagiorum Chiliades), que incluye 3260 entradas y transforma a su autor en una celebridad internacional. Seguirían numerosas versiones más, como la de 1515 publicada por Frobenius. También muchos resúmenes que formarían una parte central de la cultura occidental hasta el siglo XIX.

Erasmo es conocido hoy, sobre todo, por su Elogio a la locura. Su colección de proverbios se encuentra, por el contrario, prácticamente olvidada y es sólo leída por eruditos e investigadores. Sumergirse en esta obra es un viaje a otro mundo, un mundo en el que la pasión por la cultura Antigua ocupaba un lugar central. Con respeto y devoción, haremos aquí uso frecuente de esta colección.

Nota: el texto de los Adagia no se encuentra online. Pero puede accederse al texto íntegro de la edición de Paolo Manuzio. Los Adagia fueron colocados por el Concilio de Trento (1545-1563) en el Index auctorum et librorum prohibitorum junto con la totalidad de las obras de Erasmo. A Manuzio (hijo del editor que había publicado la 2º edición de 1508) se le encargó el producir una edición expurgada que apareció tras su muerte en 1575.