sábado, 13 de agosto de 2011
Lorenzo Valla – Un genio poco conocido del Renacimiento
jueves, 9 de diciembre de 2010
Los inicios de la arqueología y la epigrafía en el Renacimiento

Pese a los importantes méritos de Poggio, el título de primer estudioso de la arqueología y la epigrafía antigua corresponde a Ciriaco de Ancona (c.1391-c.1450). Miembro de una familia de comerciantes, Ciriaco fue en gran medida un autodidacta cautivado por la corriente humanista de la época. Ciriaco dedicó primero su atención a las inscripciones de su ciudad natal, y posteriormente recopiló muchas en Roma, donde también estudió los restos arqueológicos. Ciriaco aprendió griego en Constantinopla y recorrió todos los territorios griegos recopilando informaciones arqueológicas y copiando los textos de las inscripciones. Con el cuidado en su trabajo Ciriaco definió criterios de rigurosidad en la trascripción de los textos y en la descripción de la ubicación de la inscripción que representan un gran avance disciplinar. Lamentablemente los manuscritos de sus obras principales se han perdido.
Un nuevo nivel en el estudio de las ruinas romanas es alcanzado por Flavio Biondo (1388-1463). Al igual que muchos de los humanistas de este período, Biondo se desempeña como secretario de la curia papal y aprovecha las posibilidades y el tiempo libre proporcionado por este puesto para sus extensas investigaciones. Su obra Roma instaurata (3 vols. 1444-1446) marca la primera vez que se deja de lado la mera descripción de las ruinas romanas para concentrarse en la reconstrucción histórica de los monumentos y la sociedad antigua. Su obra Roma triunphans (1455-1463) es un detallado estudio de las instituciones políticas, militares y religiosas de la Roma antigua. Su Italia illustrata (1453) es una descripción de los monumentos antiguos de la totalidad de Italia. Pero es su obra Historiarum ab inclinatione Romanorum imperii decades (1435-1453) la que marca un nuevo nivel en la historiografía humanista. Con ella Biondo se erige en fundador de la historia de la Antigüedad tardía y la Edad Media. Biondo es todavía ante todo un erudito antes que un historiador, pero su minucioso trabajo servirá de base para las generaciones siguientes y será muy utilizado por historiadores posteriores.viernes, 3 de septiembre de 2010
Concedo nulli – relanzando Latin quotes
martes, 10 de agosto de 2010
Cuando llega la tarde…
viernes, 16 de julio de 2010
¿Qué es el humanismo? y ¿Por qué escribo este blog?

El humanismo
Los escritores romanos utilizaban el término humanitas para referirse al efecto civilizador de la literatura y las artes liberales. Inspirados por ese concepto, los humanistas del siglo XIV acuñaron una expresión desconocida en la Antigüedad, litterae humanae o litterae humaniores, refiriéndose con el comparativo a la diferencia entre la nueva literatura que ellos proponían en base al modelo clásico y la existente en su tiempo. Se trataba, sobre todo, de un rechazo de la tradición escolástica de las universidades medievales y de la poco estilizada “jerga” latina que la caracterizaba. Los studia humanitatis serían el camino hacia esa nueva literatura, más bella y elegante, y, también, hacia una nueva concepción del mundo. Bajo ese título se comprendía el estudio de las disciplinas clásicas heredadas de la Antigüedad, la gramática, la retórica, la poesía, la historia y la filosofía.
Es necesario destacar que durante el renacimiento no se utilizó el concepto “humanismo”, el término fue inventado retrospectivamente por algunos historiadores alemanes del siglo XIX para designar la corriente cultural iniciada por los humanistas. En el período se hablaba sólo de los studia humanitatis y se llamaba humanistas a quienes los practicaban.
El programa cultural de los humanistas se expandió paulatinamente y llegó así a pretender la emulación de la totalidad de la cultura antigua, considerada como manifestación máxima de la civilización humana. Esta aspiración imitativa comenzó, entonces, a trascender la literatura y extenderse a las artes plásticas, la política, la filosofía y muchos otros ámbitos. Los humanistas trataron de crear ciudadanos virtuosos, como los que ellos admiraban de Atenas y Roma, que serían capaces de hablar y escribir con elocuencia y claridad, de participar en la vida cívica de sus comunidades y de persuadir a otros a realizar virtuosas y prudentes acciones. Con sus esfuerzos contribuyeron a una profunda transformación cultural, aportando muchos elementos que serían centrales para el desarrollo de lo que conocemos como modernidad.
¿Por qué escribo este blog?
A pesar de la distancia que nos separa del renacimiento italiano, creo que los ideales de los humanistas tienen todavía hoy mucho que aportarnos. La idea de que nuestra vida puede enriquecerse por el conocimiento de las grandes tradiciones de pensamiento del pasado parece casi ausente en un mundo que rinde sólo culto a lo nuevo. Recuperarla es uno de los objetivos que me impulsan a escribir este blog.
lunes, 4 de enero de 2010
Otra facetia de Poggio (los campesinos que debían decidir si comprar un crucifijo vivo o muerto)

Continuando mi entrada anterior sobre las Facetiae de Poggio Bracciolini os dejo aquí un nuevo ejemplo del humor del renacimiento italiano.
Sobre unos campesinos interrogados si querían comprar un crucifijo vivo o muerto
Desde esta misma ciudad, algunos campesinos fueron enviados a Arezzo para comprar un crucifijo de madera, que iba a ser colocado en la iglesia. Llegaron ante un hombre que vendía estos objetos, y este último, viendo que trataba con patanes ignorantes, decidió jugarles una broma.
Después de escuchar su petición, les preguntó si querían al crucifijo vivo o muerto. Ellos, desconcertados, se retiraron por un momento para discutir el asunto, pronto anunciaron que lo preferirían vivo, ya que, si a sus conciudadanos no les gustaba así, podían entonces matarlo en un minuto.
jueves, 31 de diciembre de 2009
La colección de chistes (Facetiae) de Poggio Bracciolini

En la última entrada de este blog tratábamos del gran humanista Poggio Bracciolini, concentrándonos en su faceta de cazador de manuscritos antiguos. Poggio fue uno de los pensadores y escritores más versátiles de este período y creo que hay muchos otros aspectos interesantes para destacar de su vida y obra, como sus escritos históricos, sus contribuciones al estudio arqueológico de las ruinas romanas, sus tratados polémicos, etc. Pero hay una faceta particularmente interesante por su originalidad y por revelar una cara poco conocida de los círculos humanistas del renacimiento, se trata de sus escritos humorísticos. Una de las obras más famosas y exitosas de Poggio fue su colección de chistes, Facetiae, uno de los libros más reeditados en Europa entre los siglos XV y XVIII. Se trata de una recopilación de pequeñas historias de gran comicidad y, en su mayoría, de contenido erótico-picaresco. Algunas no han resistido el paso del tiempo y parecen hoy demasiado simples o inocentes, otras conservan intacta su capacidad de hacer reír. Os dejo aquí una pequeña muestra, una de mis favoritas, muy imitada posteriormente.
La admirable respuesta de un niño al cardenal Angelotto
El cardenal Angelotto era un hombre mordaz, siempre dispuesto a discutir, muy locuaz pero poco prudente. Cuando estaba en Florencia el Papa Eugenio, el cardenal fue visitado por un niño de diez años, notable por su extrema inteligencia. El pequeño utilizaba un vocabulario escogido y tenía un discurso excelente. Admirado Angelotto por la seriedad y por el estilo de sus palabras, y viendo que el niño respondía inteligentemente a todas sus preguntas, se volvió a sus acompañantes y dijo: “A los que tienen este ingenio y capacidad desde la niñez al crecer les disminuye el intelecto y terminan por volverse idiotas como adultos”. El niño le respondió sin demora: “Vos debéis entonces haber sido el más sabio e inteligente de todos en vuestros primeros años”. El cardenal enmudeció ante la ingeniosa respuesta, viéndose reprochado por estúpido por quien había considerado sólo un niño.
En la Bibliotheca Augustana podéis encontrar una versión completa en latín de las Facetiae de Poggio.
martes, 15 de diciembre de 2009
Los primeros humanistas - Los cazadores de manuscritos

Después de un cierto tiempo de descuido, regreso a uno de los temas frecuentes en este blog, el Renacimiento.
Ya he tratado antes sobre los origines del humanismo a fines del siglo XIV. En la primera mitad del siglo XV, el movimiento inspirado por los discípulos de Petrarca fue ganando fuerza y atrayendo figuras de importancia. Florencia se distinguió como el primer gran centro de la cultura humanista, donde bajo el liderazgo de figuras como Coluccio Salutati y Niccolo Nicoli importantes grupos del patriciado y algunos sectores medios de la población urbana fueron cautivados por el estudio e imitación de la Antigüedad clásica. Mientras en el resto de Europa occidental la tradicional literatura caballeresca representaba el ideal de excelencia humana considerado digno de imitación por la nobleza y las nuevas élites urbanas, y mientras en las universidades el escolasticismo se tornaba cada vez más dogmático en los principios de sus distintas escuelas, en Florencia surgía una enteramente nueva forma de educación basada en el ideal aristocrático ciceroniano y en el estudio de los autores latinos y griegos. Este nuevo entusiasmo se enfrentaba a un grave problema. Eran muy pocos los textos de autores clásicos que se conservaban y se encontraban disponibles para ser copiados y puestos en circulación. Se inició entonces una verdadera “caza” de manuscritos, una búsqueda frenética por salvar la herencia intelectual de Grecia y Roma de la destrucción y el olvido.
Poggio Bracciolini y el redescubrimiento de la literatura Antigua

Monasterio de Reichenau
De entre los humanistas de la primera parte del siglo XV, una figura se destaca por su importancia: Gian Francesco Poggio Braccioloni (1380–1459). Hijo de un notario florentino empobrecido, la falta de recursos no representó un obstáculo para tener acceso a la mejor educación pública disponible en Florencia. El extraordinario talento del joven Poggio le garantizó el patronazgo de importantes humanistas, lo que le facilitó el ingreso a un cargo de secretario en la curia papal.
Sin duda, una de las mayores contribuciones de Poggio al estudio de la Antigüedad fue su labor como “cazador de manuscritos”. Su asistencia en 1414 al concilio de Constanza, organizado para la reunificación del papado (existían entonces tres papas rivales) le permitió explorar las bibliotecas de muchos monasterios de Alemania y Suiza (especialmente los de Reichenau, Weingarten y St. Gall). El catálogo de sus descubrimientos es notable: La Institutio Oratoria de Quintiliano, Las Argonautica de Valerio Flaco, numerosos discursos de Cicerón, los comentarios a algunos diálogos de Ciceron de Asconio. También encontró manuscritos de Lucrecio, Columella, Silio Itálico, Manilio, Stacio y Vitruvio. Además, descubrió en Langres el manuscrito del discurso de Cicerón en favor de Cecina, y manuscritos de Amiano Marcellino, Frontino, Nonio Marcello, Probo, y otros de menor importancia.

Manuscrito de Cicerón copiado por Poggio
La búsqueda de los textos desconocidos era una pasión compartida por todos los aficionados a los nuevos estudios. Si bien Bracciolini es el más destacado de los cazadores de manuscritos, también otros humanistas realizaron en la primera mitad del siglo XV importantes descubrimientos. A ellos les debemos la conservación de los textos griegos y latinos que hoy constituyen nuestra principal fuente de conocimiento de la Antigüedad. Los humanistas eran apoyados en este empeño por príncipes, papas y grandes familias de comerciantes que invertían enormes sumas en el rastreo de los textos y en la producción de exquisitas copias. Cosme de Medici invirtió grandes sumas en acumular excelentes manuscritos tanto para su colección privada como para una serie de bibliotecas públicas fundadas por él en Florencia. Muchos de esos manuscritos se conservan hoy en la Biblioteca Laurenciana y constituyen la base para el estudio filológico de buena parte de los textos que hoy se conservan.
domingo, 26 de julio de 2009
Los discípulos de Petrarca y la difusión del Humanismo

Hace un tiempo tratábamos en esta página sobre Francesco Petrarca y su papel central en la difusión del humanismo renacentista. Continuando esa historia, quisiera ahora resaltar el papel de algunos de sus discípulos.
Boccacio un maestro de la literatura universal
El más famoso de los discípulos de Petrarca fue, sin duda, Giovanni Boccaccio (1313-1375), recordado hoy sobre todo por el Decamerón, una obra maestra de la literatura italiana y universal. Orientado por su familia hacia una ocupación mercantil y luego hacia el estudio del derecho canónico, Boccaccio dejó estas profesiones para concentrarse en la literatura. La amistad con Petrarca fue un hecho decisivo en su vida, pues éste lo cautivó para el estudio de la literatura antigua. Boccaccio lo consideró siempre su maestro y líder intelectual y fue bajo sus instrucciones que emprendió el estudio del griego, llegando finalmente a dominar esta lengua (lo que había quedado vedado a Petrarca). Sus contribuciones más significativas al estudio de

Coluccio Salutati, difusor del humanismo
Del resto de los discípulos de Petrarca no podemos mencionar más que a los más importantes. Una figura de primer rango fue sin duda Coluccio Salutati (1331-1406), importante como difusor de las nuevas ideas y como protector y formador de otros importantes humanistas. Salutati recopiló una muy importante biblioteca, a él le debemos la conservación, entre otras obras, de las Epistulae ad familiares de Cicerón y del De agricultura de Catón el viejo. Para la producción de los manuscritos de su colección, Salutati aplicó por primera vez principios filológicos críticos. Pero Salutati fue, además de un académico, un influyente político y orador, desempeñándose los últimos 31 años de su vida como canciller de Florencia. Su prominencia política hizo mucho por la difusión del humanismo. Fue bajo su impulso que se estableció en Florencia la primera cátedra de griego, ocupada por el brillante filólogo bizantino Manuel Chrysoloras.
En la primera mitad del siglo XV, el movimiento inspirado por los discípulos de Petrarca fue ganando en fuerza y atrayendo figuras de importancia. Florencia se distinguió como el primer gran centro de la cultura humanista, donde, bajo el liderazgo de figuras como el ya mencionado Coluccio Salutati o Niccolò Niccoli, importantes grupos del patriciado y algunos sectores medios de la población urbana fueron cautivados por el estudio e imitación de
viernes, 8 de mayo de 2009
Petrarca y el humanismo

Vástago de una familia de exiliados políticos florentinos, Petrarca nació en Arezzo y pasó parte de su niñez en la corte papal en Aviñon. Formado, por imposición paterna, como jurista en Montpelier y Bolonga, Petrarca sintió, sin embargo, desde su temprana juventud una fuerte inclinación por la literatura y, especialmente, por la latina antigua. Antes que un gran renovador, Petrarca representa, más bien, una figura de transición que supo dar a algunas de las nuevas ideas que circulaban en su tiempo una forma especialmente atractiva. Esbozos de muchas de sus ideas centrales son reconocibles ya en la obra de algunos de sus precursores intelectuales, como por ejemplo Albertino Mussato. La en este tiempo ya muy difundida pasión por el pasado de Roma es también claramente perceptible en el intento de Cola di Rienzi de restaurar la república romana. Petrarca combina todas estas ideas presentes en el ámbito intelectual de su época y las presenta en un conjunto especialmente atractivo. En Petrarca pueden reconocerse ya algunas de las características que serán típicas en humanistas posteriores: una pasión especial por el latín como lengua viva, un esfuerzo por recrear un estilo clásico -modelado principal, pero no exclusivamente en las obras de Cicerón-, una aproximación global a la cultura antigua y la entronización del ideal de la humanitas.


La principal ruptura con la historiografía medieval es, sin embargo, el hecho de que Petrarca deja de lado una autoridad o un principio teológico como eje estructurador de la historia. Petrarca no es el único representante de esta nueva historiografía en siglo XIV. Otro autor destacable, hoy prácticamente olvidado, es Giovanni de Matociis, el autor de una historia imperialis, es decir, una colección de biografías de emperadores romanos. De Matociis fue el primero en utilizar monedas como fuentes históricas, lo que lo coloca claramente por delante de los estándares historiográficos de su tiempo. Pero el impacto y difusión de su obra fueron muy inferiores a los de Petrarca.

El humanismo como movimiento fue ajeno al ambiente universitario, dominado por teólogos, juristas y médicos. Por eso la difusión se realizó en forma informal gracias a la capacidad de Petrarca de inspirar a un número relevante de distinguidos discípulos que le dieron a sus ideas un carácter de movimiento. Siguiendo su modelo, la mayoría de los humanistas destacados serían profesores errantes que enseñaban o disertaban por breves períodos en cada lugar. Su sede más habitual serían las cortes de los príncipes, las cancillerías de las repúblicas, o la curia papal y no las casas de estudio, donde su empleo sería, por lo general, sólo ocasional. Uno de sus discípulos más importantes fue, sin duda, Giovanni Boccaccio (1313-1375), recordado hoy sobre todo por el Decamerón, una obra maestra de la literatura italiana y universal.
viernes, 20 de febrero de 2009
Ciceronianismo

"Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe." (Borges, El escritor argentino y la tradición, 1951.)
Sobre lo obvio no es necesario explayarse. Esa sería la idea de este fragmento. De la misma forma podría defender el no haber mencionado todavía a Cicerón en este blog, que pretende ocuparse de la cultura clásica. A pesar de no haber sido nombrado expresamente, se ha encontrado siempre presente. Como me informo en este artículo de que –contrariamente a lo afirmado por Gibbon y creído por Borges- si hay camellos en el Corán, pienso remediar mi falta para con Cicerón con una serie de entradas. Para empezar creí oportuno presentar una breve reseña del ciceronianismo.
Todo aquel que ha estudiado latín ha tomado contacto directo con las obras de Cicerón (o con algunas de ellas). El gran orador romano es considerado uno de los máximos -sino el mayor- exponente de la prosa latina clásica. A partir de sus textos se han modelado, en buena medida, las gramáticas y demás instrumentos con que el estudiante se inicia y adentra en el estudio de ese idioma. Yo no he sido la excepción. El estilo, la cadencia y la potencia de sus discursos y tratados enriquecieron mis años de estudio y todavía me deleitan regularmente.
Cicerón fue leído en todas las épocas. Ya en las décadas que siguieron a su muerte su estilo era considerado por la mayoría de los profesores de retórica como uno de los mejores modelos a imitar. Fue Quintiliano, sin embargo, a fines del siglo I d.C. quien lo entronizó definitivamente como máxima concreción de la elocuencia. Movido por el rechazo al más recargado estilo de su época, Quintiliano identificó al gran orador como paradigma de lo clásico. Fue así el creador del Ciceronianismo, concepto por el que se entiende la imitación del lenguaje de Cicerón como modelo estilístico absoluto y la adopción de su ideal sobre la formación del orador perfecto mediante la combinación de elocuencia y sabiduría.

La popularidad del gran orador romano se mantuvo intacta durante la Edad Media, sus ideales filosóficos y educativos siguieron ejerciendo gran influencia, pero el latín medieval se caracterizó por una compleja combinación de las diversas tradiciones idiomáticas del latín y no por una imitación directa de Cicerón. Fueron los humanistas del Renacimiento italiano quienes recuperaron la identificación de la lengua ciceroniana como máximo exponente literario de todos los tiempos y la tomaron como criterio de evaluación para condenar al latín de los autores del medioevo. El precursor fue, por supuesto, Petrarca, quien destacó a Cicerón como uno de los mayores autores de la Antigüedad, pero sin por ello plantearse como objetivo una imitación directa de su estilo. Para él, el autor, tal como las abejas producen la miel con el néctar de muchas flores, debía formar su estilo combinando lo mejor de diversos modelos (véase Ep. ad familiares 1.8).
Hummanistas posteriores destacaron que Petrarca y sus inmediatos seguidores (como Bocaccio o Coluccio Salutati) habían sido los primeros en señalar el camino para la restauración del latín clásico. Consideraban, sin embargo, que su éxito había sido sólo parcial y abogaron por una cercanía mucho mayor con el estilo ciceroniano. La idealización de la vida y obra del orador romano alcanzó entonces un punto extremo, visible, por ejemplo, en el Cicero novus de Leonardo Bruni, una biografía de tono claramente panegírico.

Comienza entonces una tendencia fuertemente arcaizante en el uso del latín. No se reconoce como respetable ninguna palabra que no aparezca en las obras de los autores clásicos. Los santos comienzan entonces a ser llamados dii y deae, sus estatuas, simulacra sancta deorum; las monjas, vestales virgines; el cielo, Olympus; los cardenales, augures, el Papa, pontifex maximus, y Dios, Jupiter optimus Maximus!
El ciceronianismo no fue, sin embargo un movimiento uniforme. Por el contrario, fueron frecuentes las diferencias entre los humanistas en torno al grado en que el latín debía regirse por este modelo. Mientras que un grupo era partidario de una imitación libre, otro proponía tomar al Arpinate como precepto riguroso de estilo. Sobre esta disputa basta aquí mencionar dos de sus manifestaciones literarias más famosas. En primer lugar, la discusión al respecto en el intercambio epistolar entre Poliziano y Paolo Cortese (de la que pretendo tratar en una próxima entrada de este blog). En segundo, el magistral diálogo de Erasmo, Ciceronianus. Sive de optimo dicendi genere.

En el último tercio del siglo XVII el ciceronianismo comenzó a perder influencia rápidamente. El tacitismo, la imitación del estilo de Cornelio Tácito ganó entonces un papel preponderante, especialmente de la mano de Justo Lipsio (1547-1606), uno de los más influyentes humanistas de ese período. El estilo crítico de Tácito era ciertamente más adecuado para una época en la que el absolutismo de los monarcas europeos empezaba a crear un contexto más semejante al Imperio Romano que a la república. El ciceronianismo conservó, sin embargo, su posición de poder en el ámbito educativo y, pese a los innumerables cambios didácticos y metodológicos, la mantiene en buena medida hasta hoy.
Personalmente, me considero un ciceroniano, pero sólo en el sentido de que admiro profundamente el estilo y el pensamiento de Cicerón, sin aspirar en lo más mínimo a reproducirlo o imitarlo, tareas muy por encima de mis capacidades.
martes, 9 de septiembre de 2008
Concedo nulli

No cedo ante nadie
Los romanos adoraban en la figura del dios Terminus el carácter sagrado de los mojones o piedras para fijar límites entre territorios o propiedades. Según la leyenda (Livio, 1.55), cuando el rey Tarquino comenzó la construcción del templo de Júpiter en el Capitolio, se ordenó la remoción de los altares y santuarios de todos los dioses que eran adorados allí, para que el área quedara consagra exclusivamente al rey de los dioses. Todos fueron trasladados sin problemas, con excepción de una piedra en la que se rendía culto a Terminus, que no pudo ser quitada al ser contrarios los auspicios reconocidos en el vuelo de las aves. Los romanos vieron en este hecho una manifestación del dios y dejaron la roca en el interior del templo. De allí la expresión “no cedo ante nadie”, pues Terminus se había negado a ceder ante el mismísimo Júpiter.
Este hecho fue interpretado como un augurio de que el dominio de Roma sería firme y duradero. La profecía se demostró válida por siglos. Pero cuando Roma fue saqueada por los bárbaros en el año 410 d.C. y su poder se tambaleaba, la eficacia de los dioses tradicionales quedó en duda. San Agustín discutió entonces, en páginas llenas de ironía, la validez de estas creencias.

La celebridad de la frase concedo nulli se debe -como en tantos otros casos- a Erasmo, quien la tomó en 1509 como lema personal, adoptando al antiguo dios Terminus como su emblema. El joven Erasmo se encontraba por entonces en Italia, y empezaba a gozar de reconocimiento internacional por sus trabajos y capacidades. Aparentemente, Erasmo recibió como obsequió de su discípulo Alexander Stewart una gema antigua con la representación del dios Término y fue esto lo que lo inspiró a tomar la imagen del dios y la cita latina aquí comentada como emblemas de su sello personal. Los mismos aparecen en una famosa medalla conmemorativa acuñada para Erasmo, cuya imagen antecede este párrafo. Erasmo es también representado junto al dios Término en el siguiente grabado de Holbein.

Los enemigos de Erasmo, de los que siempre tuvo en abundancia, vieron esto como un gesto de insoportable arrogancia y esta pretensión de primacía fue duramente criticada. Finalmente, en 1528 Erasmo redactó una carta justificando su elección de este lema e intentando desarmar a sus críticos: la “epistola apologetica de Termini sui inscriptione concedo nulli”. Allí el gran humanista declaraba que la expresión no representaba sus propias palabras, sino las de la muerte, el único verdadero término que no cedía ante nadie. Pero esta explicación no satisfizo a sus enemigos. Escrita casi veinte años después de la estadía original de Erasmo en Italia, la misma parece, de hecho, una reelaboración posterior. La humildad nunca fue una de sus grandes virtudes. La posteridad ha sido, sin embargo, más benigna a la hora de juzgar a Erasmo de lo que lo fueron sus contemporáneos. Con justa razón.
miércoles, 9 de julio de 2008
Labore et constantia

Con trabajo y constancia


viernes, 13 de junio de 2008
Citas Latinas en el Renacimiento: Andrea Alciato – Emblematum liber

El término Renacimiento es asociado hoy en día sobre todo con los grandes pintores y escultores italianos de los siglos XV y XVI, quienes revolucionaron la concepción y la función del arte en Europa. Leonardo, Miguel Angel, Rafael, son los nombres que primero vienen a la mente en este contexto. En los ambientes intelectuales de la época, sin embargo, el desarrollo de estas nuevas tendencias artísticas no era percibido como un fenómeno central. Sí era considerado de esta manera, por el contrario, el surgimiento de una –algo difusa– corriente de pensamiento denominada “humanismo”. La misma se abocaba a rescatar y recrear la cultura grecolatina, especialmente en lo que se refería a la literatura. A pesar de esta relativa separación, el humanismo literario y el arte plástico tuvieron, ciertamente, muchos puntos de contacto. Uno de los más bellos y curiosos fue –a mi juicio– el de los libros emblemas.

Los libros de emblemas se ubican en la misma tradición que la colección de Adagios de Erasmo ya frecuentemente mencionada en este blog pero le añaden un componente gráfico. Cada frase o –según la terminología técnica– motto, está acompañada de una pequeña ilustración o emblema, y de una poesía moralizante que desarrolla y explica la idea central. El primer libro de emblemas fue obra del jurista y humanista Andrea Alciato (1492-1550). La primera edición del Emblematum liber fue publicada en 1531 y tuvo en éxito avasallador, pasando por innumerables ediciones, versiones y traducciones, y creando, de hecho, un nuevo y popular género literario.
En este blog haremos uso frecuente de esta obra como fuente de adagios de singular agudeza y de ilustraciones de belleza única, como lo demuestran algunas de las que acompañan este texto.

Numerosas páginas de Internet se dedican a la obra de Alciato, entre ellas se destaca …
miércoles, 21 de mayo de 2008
Los Adagios de Erasmo

En el año 1500 un todavía joven y desconocido Erasmo publica en París la primera edición de un texto destinado a convertirse en uno de los más difundidos y reeditados de la historia, los Adagia. Se trata de una colección de citas latinas comentadas y explicadas. En realidad, cada proverbio sirve de excusa para que Erasmo desarrolle su visión de la cultura antigua y del humanismo. Su interés educativo es claramente visible, los adagios son la destilación máxima de los ideales que Erasmo quiere difundir entre un público general.
La primera edición de París incluye sólo 832 adagios. En 1508 Erasmo publica con el veneciano Aldus Manutius - el más célebre de los editores de este período- una segunda edición aumentada (Adagiorum Chiliades), que incluye 3260 entradas y transforma a su autor en una celebridad internacional. Seguirían numerosas versiones más, como la de 1515 publicada por Frobenius. También muchos resúmenes que formarían una parte central de la cultura occidental hasta el siglo XIX.
Erasmo es conocido hoy, sobre todo, por su Elogio a la locura. Su colección de proverbios se encuentra, por el contrario, prácticamente olvidada y es sólo leída por eruditos e investigadores. Sumergirse en esta obra es un viaje a otro mundo, un mundo en el que la pasión por la cultura Antigua ocupaba un lugar central. Con respeto y devoción, haremos aquí uso frecuente de esta colección.
Nota: el texto de los Adagia no se encuentra online. Pero puede accederse al texto íntegro de la edición de Paolo Manuzio. Los Adagia fueron colocados por el Concilio de Trento (1545-1563) en el Index auctorum et librorum prohibitorum junto con la totalidad de las obras de Erasmo. A Manuzio (hijo del editor que había publicado la 2º edición de 1508) se le encargó el producir una edición expurgada que apareció tras su muerte en 1575.





