Mostrando entradas con la etiqueta Maquiavelo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maquiavelo. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de noviembre de 2010

Escuchar con los ojos a los muertos

Hace un tiempo citaba aquí un hermoso pasaje de una carta de Maquiavelo, que ilustra a la perfección la pasión por el estudio de la Antigüedad que es un componente central del humanismo renacentista. Un amigo me recordó otro texto comparable, el famoso soneto de Francisco de Quevedo, Desde la torre. Uno de sus exquisitos versos podría tomarse por una brevísima definición del humanismo: escuchar con los ojos a los muertos.

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.

Me parecía un texto apropiado para acompañar el pequeño cambio de aspecto de esta página, que espero os guste, sino más, por lo menos tanto como el anterior.

martes, 10 de agosto de 2010

Cuando llega la tarde…

Cuando llega la tarde, regreso a mi casa y entro en mi estudio. Dejo en la puerta mi ropa de trabajo, cubierta de barro y polvo, y me cubro con ropajes regios y suntuosos. Así, apropiadamente vestido, penetro los viejos palacios de los hombres antiguos y ellos me reciben con afecto. Allí me nutro de un alimento que me pertenece y para el que he nacido. Allí no me avergüenza hablar y preguntarles las razones de sus acciones. Ellos, con generosidad, me responden y por cuatro horas no siento aburrimiento, olvido todo problema, no lamento mi pobreza, no tengo miedo a la muerte y me entrego por completo.

Me gustaría ser el autor de estas palabras -pues expresan con singular belleza un sentimiento que comparto- pero proceden de una carta de Maquiavelo a Francesco Vettori, escrita en Florencia, el 10 de diciembre de 1513. Hace un tiempo intentaba explicar en esta página qué es el humanismo. Maquiavelo lo hace mucho mejor en este párrafo: El humanismo es el diálogo con los clásicos.

miércoles, 18 de junio de 2008

Rara temporum felicitate, ubi sentire quae velis, et quae sentias dicere licet






La rara felicidad de los tiempos en los que pensar lo que quieras y decir lo que piensas está permitido



Publio Cornelio Tácito es uno de los mayores historiadores de la Antigüedad. Antes que rigurosidad metodológica u objetividad científica son la fuerza de su prosa y el tono moral de su narrativa los que le confieren ese rango. Tácito es el cronista de la Roma imperial. La concentración y abuso del poder, la corrupción y la decadencia son la constante en sus obras.

Durante los reinados de Vespasiano, Tito y Domiciano, Tácito tuvo una distinguida carrera como senador y orador. Los últimos años del reinado de Domiciano degeneraron en un régimen de terror en el que numerosos senadores perdieron su vida a manos de un monarca cada vez más despótico. Tras el asesinato del emperador y el establecimiento de un régimen algo más liberal bajo Nerva y Trajano, Tácito, con más de cuarenta años, inició su carrera de escritor e historiador.

Al comienzo de su primera gran obra, las historiae, en la que relata las guerras civiles que siguieron a la caída de Nerón, Tácito declara su intención de escribir en su vejez, la historia de la feliz época iniciada por Nerva y Trajano. Es calificando a esa época que Tácito incluye la frase que aquí citamos.

Tácito es conciente de la fragilidad de la libertad que menciona, sujeta a la buena voluntad de un monarca absoluto. El pesimismo es, en consecuencia, una nota perenne de sus escritos. La genialidad de su estilo alcanza su punto más alto en la descripción de regímenes siniestros que se inclinan cada vez más hacia el despotismo.



Prácticamente perdida durante la Edad Media, la obra del gran historiador romano fue redescubierta -en forma fragmentaria- en el Renacimiento (Bocaccio descubrió algunos manuscritos en el monasterio de Monte Casino en el siglo XIV y Poggio Bracciolini los de las opera minora en monasterios suizos ya en el siglo XV). Su influencia sobre el pensamiento político fue enorme, proveyendo sobre todo de material a quienes abogaban por regímenes republicanos y se oponían al poder de los príncipes. El humanista florentino Leonardo Bruni utilizó esta cita en su Panegírico a la ciudad de Florencia del año 1404, una obra que defiende las virtudes del sistema republicano. La influencia de esta máxima también es claramente perceptible en un pasaje de los discursos de Maquiavelo sobre la primera década de Tito Livio.



Tras la revolución francesa, la cita de la que aquí tratamos fue una consigna frecuente de los oponentes del poder real. En ese espíritu no debe sorprender que la misma llegara a los círculos revolucionarios americanos que a principios del siglo XIX lucharon por la independencia. El joven abogado Mariano Moreno, uno de los líderes intelectuales del período abierto por la Revolución de Mayo de 1810 en Buenos, eligió esta cita como epígrafe de la primera publicación revolucionaria, la “Gazeta de Buenos Aires”.



El curso de la historia a probado, más allá de dudas, la fragilidad de los regímenes democráticos. Los tiempos felices en los que uno puede expresarse libremente han sido raros, tal como lo pensaba Tácito.