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sábado, 20 de noviembre de 2010

¿Cómo lograron los griegos triunfar en Maratón?

The Battle of Marathon (Yale Library of Military History)
¿Cómo logró la pequeña ciudad-estado de Atenas derrotar a los invasores de Persia en la llanura de Maratón? Nuestra principal fuente al respecto es la obra del historiador griego Heródoto, pero desde el siglo XIX los historiadores han rechazado su relato de la batalla y, sobre todo, su versión de que los hoplitas griegos cargaron por más de un kilómetro a toda velocidad para enfrentar a los persas. El peso de sus armas y corazas lo habría hecho imposible, se argumenta. En un estimulante libro reciente, (publicado para celebrar los 2500 años de la batalla) destinado a provocar controversia entre los especialistas, el investigador norteamericano Peter Krentz sostiene que Heródoto tenía razón después de todo.

Comenzando su análisis con los primeros contactos entre atenienses y persas en el 507 a.C., Krentz entrelaza pruebas antiguas con descubrimientos arqueológicos, y las experiencias de recreadores y soldados modernos para contar su historia. Krentz sostiene que, antes de Maratón, el ejército ateniense peleaba de una manera mucho más desorganizada e irregular de lo que la forma estándar de la falange hoplita sugiere y que el equipo de los hoplitas sólo pesaba la mitad de lo que se suele pensar. Toda esta evidencia le permite afirmar que los atenienses y sus aliados de Platea habrían estado en condiciones de llevar a cabo la veloz carrera de un kilómetro que Heródoto les adjudica.

Las tesis de Krentz generarán, sin duda, polémica entre los historiadores. Su libro será, sin embargo, disfrutado por el gran público. Su exposición es clara y su relato cautivante. Creo que será por muchos años el libro más importante sobre la batalla de Maratón.


jueves, 4 de noviembre de 2010

2500 años de la batalla de Maratón

En el mes de septiembre pasado se cumplieron 2500 años de la gran batalla que enfrentó a atenienses y persas en la planicie de Maratón en el Ática y definió el resultado de la Primera Guerra Médica. 

El ejército de Atenas era superado ampliamente en número por el enemigo, quien además disponía de abundantes fuerzas de caballería. A pesar de su desventajosa situación, los griegos sorprendieron a los persas extendiendo sus líneas en el centro pero manteniendo la fuerza de las alas para evitar un movimiento envolvente. Los hoplitas griegos realizaron, además, una larga carga de más de un kilómetro para entrar en combate antes de lo que los persas lo esperaban. El delgado centro griego retrocedió ante la presión de los persas, que habían colocado allí sus mejores tropas, pero sus alas hicieron huir al enemigo y se volvieron contra el centro persa que quedó rodeado. La victoria ateniense fue completa, mientras que sus fuerzas padecieron sólo 192 bajas, los persas perdieron unos 6500 hombres. Los invasores, sin darse todavía por vencidos, embarcaron nuevamente a los restos de su ejército e intentaron un desembarco en Atenas, pero los atenienses marcharon hacia allí a toda velocidad e hicieron fracasar una vez más sus planes, no quedándoles más que abandonar Grecia.


La batalla de Maratón fue, sin duda, uno de los acontecimientos trascendentales de la historia universal. El inesperado triunfo de los hoplitas atenienses liderados por Milcíades definió el curso de la historia occidental al garantizar la independencia de las póleis griegas frente a la avanzada del imperio persa. Los grandes aportes de la cultura griega clásica, la filosofía, el drama, la teoría política, la historiografía fueron productos propios del estilo de vida en la pólis, una forma de organización con características muy peculiares, completamente diferentes de las formas estatales que habían surgido en Oriente, que siempre habían culminado en estructuras de poder concentradas como la de Persia. La gran contribución de la polis al desarrollo político del mundo mediterráneo fue el concepto de ciudadanía. Las póleis griegas de la época presentaban gran diversidad de formas, pero un elemento central en la mayoría de ellas era la participación directa en la dirección del Estado de grupos relativamente amplios de los propietarios del suelo. Atenas era el caso más extremo, en el que las reformas de Clístenes habían creado, un par de décadas antes de la batalla, un sistema de participación política de todos los ciudadanos, sin importar su posición o riqueza. Si los atenienses hubieran sido derrotados en Maratón, eso habría significado el fin de este experimento democrático. En efecto, el último tirano ateniense, el cruel Hipias, que se había exiliado en Persia, era uno de los incitadores de la invasión y acompañaba a las tropas persas actuando como guía y consejero, aspirando a recuperar su antigua posición tras una eventual victoria.

Maratón fue un gran triunfo de la joven democracia griega, que llena de confianza en sí misma iniciaría el camino que la llevaría a transformarse en una potencia marítima y en el centro cultural de Grecia. Los persas no se habían resignado a esta situación e intentarían nuevamente someter a los griegos, pero esa es ya otra historia.

martes, 4 de mayo de 2010

Heródoto – El padre de la historia (La historiografía 3° parte)



Continuidad y ruptura

Como hemos visto en la entrada anterior de esta serie, Heródoto no creó la historiografía de la nada. Su obra (las historias) fue original y marcó un hito pero, sobre todo, porque combinó muchos desarrollos dispersos del pensamiento griego en un conjunto significativo. La palabra griega historia significaba en la época de Heródoto “investigación”, un proceso de búsqueda para determinar la verdad. Fue el éxito de su obra el que le otorgó el significado que todavía hoy tiene en castellano.

Es importante destacar que las historias no representaban una ruptura total con las formas míticas y épicas de describir el pasado, sino un desarrollo de las mismas. Heródoto heredó de Homero y de los mitos un marco general que influyó profundamente en la composición de sus obras históricas. Tanto la forma narrativa como la preeminencia temática de la guerra y la política son evidentes herencias épicas. El uso de la prosa en lugar del verso marcaba un quiebre respecto de esa tradición, pero la necesidad de utilizar un lenguaje estilizado y una presentación con elementos de intriga en la narración señalaban una continuidad con las formas literarias previas a la historiografía.

La obra de Heródoto también es continuación directa del tipo de investigaciones iniciadas por los logógrafos. El tema central de sus historias son las guerras entre griegos y bárbaros, cuyo episodio más importante son las Guerras Médicas, pero Heródoto las trata propiamente sólo al final de su obra. La estructura de su relato es compleja y variada, incluyendo cuantioso material geográfico y etnográfico pertinente a la idea de “descripción del mundo” heredada de los logógrafos. La concepción general de la obra es sencilla, Heródoto sigue la historia del imperio persa soberano por soberano desde sus orígenes hasta la gran derrota que les infligieron los griegos en las guerras médicas, pero se aparta reiteradamente de este curso lineal para introducir amplias descripciones de otras regiones y pueblos (incluyendo topografía, clima, costumbres, historia pasada, etc.) a medida que van desempeñando un papel en su relato, es decir, en cuanto entran en contacto con los persas en su expansión. Heródoto también presta mucha atención a todo lo que pueda considerarse extraordinario y trata de preservarlo para la memoria al incluirlo en su relato. En este aspecto, Heródoto es una vez más heredero del epos. También se incluye dentro de lo extraordinario todo aquello que para el punto de vista de un griego parece sorprendente, especialmente en lo que se refiere a las costumbres de los pueblos que Heródoto encuentra en sus viajes. Su posición frente a las numerosas diferencias que encuentra siempre está marcada por la tolerancia y por un cierto relativismo cultural que es central para el desarrollo de su espíritu crítico.

A pesar de estas indudables herencias de la tradición anterior, las historias de Heródoto marcan un hito fundamental en el desarrollo de la historiografía porque es en ellas que por primera vez pueden reconocerse algunos aspectos fundacionales del análisis histórico que caracterizan todavía hoy la forma de trabajo en esta disciplina. En primer lugar, Heródoto parte de un interrogante, su investigación quiere dar respuesta a una pregunta, ¿cuáles fueron las causas de la guerra entre griegos y bárbaros? La pregunta por las causas, el intento de ofrecer una explicación racional, eso es lo que distingue a Heródoto de sus predecesores. No se trata, sin embargo, de un cambio radical ni de una ruptura completa con el pasado, los elementos míticos y las tradiciones orales siguen desempeñando un papel en las explicaciones que Heródoto ofrece, si bien ya se inicia claramente un proceso de distanciamiento de los mismos. Ello es claramente visible en sus esfuerzos por ofrecer versiones racionalizadas de los mitos y leyendas que incluye en sus explicaciones.

La composición de las historias y las fuentes de su relato

Un punto muy debatido por los especialistas es cómo llegó Heródoto a componer su extensa obra. La gran mayoría coincide en que las historias no parecen haber sido el resultado de un plan completo desde el mismo momento en que su autor comenzó a escribir. La existencia dentro de la obra de una serie de relatos independiente indica que Heródoto comenzó componiendo piezas parciales y sólo después concibió el plan más ambicioso de integrarlas en un todo más extenso.

Heródoto elige, a diferencia de Tucídides, como veremos, un estilo simple y llano para presentar su material. Un recurso central de su estilo es la pataraxia, es decir la simple yuxtaposición de oraciones sin relaciones complejas de subordinación o elaboración retórica. Debe, sin embargo, quedar claro que se trata de una simplicidad artificial, detrás de la cual hay un gran esfuerzo destinado a que el texto parezca sencillo y espontáneo.

Para escribir su historia, Heródoto sólo podía obtener pocas informaciones de los autores anteriores a él. Su investigación recaía por tanto en las informaciones proporcionadas, directa o indirectamente, por testigos oculares o en la inspección personal de monumentos, regiones, tradiciones, etc. Su tema lo obligaba a remontarse a acontecimientos ocurridos hacía más de cien años y en una región muy extensa del Mediterráneo oriental que abarca actualmente más de una decena de países. Que Heródoto pudiera integrar todos esos relatos parciales en un conjunto coherente y unificado es uno de sus logros más sorprendentes. Un proceso de síntesis sumamente complejo semejante a la forma en que todavía hoy los historiadores trabajan.

Pero Heródoto no se limitó sólo a recopilar información de distintas fuentes, también procuró analizarlas comparativamente para determinar qué versiones merecían mayor confianza en caso de disparidades y contradicciones. En caso de encontrar informaciones confusas, intentaba conseguir otras versiones para tener más fundamentos a la hora de determinar lo acontecido.

viernes, 19 de febrero de 2010

Valerio Massimo Manfredi – El ejército perdido


Para quien se dedica profesionalmente al estudio del pasado, la lectura de novelas históricas deja de ser agradable cuando el autor pretende hacernos creer cosas que el especialista sabe imposibles. Ello sucede a menudo. Podrá parecer pedante, pero es un vicio profesional inevitable. Por el contrario, cuando el autor sabe conjugar los datos conocidos con una trama de ficción interesante, con personajes creíbles y acordes a su contexto, entonces la lectura produce un placer especial. Ese el caso con la novela El ejército perdido de Valerio Massimo Manfredi, que acabo de leer por estos días. Me acerque a ella, lo confieso, con algo de desconfianza, pues nunca encuentro a los Bestsellers muy de mi gusto, pero mis reservas no se vieron confirmadas. El autor italiano conjuga una formación profesional en arqueología e historia clásica con una pluma singularmente prolífica y una gran habilidad para combinar realidad y ficción. Ello le ha valido una larga serie de éxitos de ventas internacionales e, incluso, una película.

En El ejército perdido, Manfredi nos presenta una nueva versión de la historia de los diez mil, los mercenarios griegos que pelearon por Ciro el joven en su intento de arrebatar el trono persa de su hermano Artajerjes y que debieron realizar una heroica retirada por varios miles de kilómetros de territorio hostil tras la muerte de Ciro en la batalla de Cunaxa. Poseemos un detallado relato de uno de los protagonistas, el ateniense Jenofonte, su célebre Anábasis. Manfredi relata la historia desde un ángulo nuevo al poner la narración en boca de una mujer, Abira, un personaje ficticio inspirado en aquellas mujeres que siguieron a los soldados griegos en su prodigiosa aventura pero sin recibir casi ninguna mención en las fuentes del período. La novela de Manfredi tiene entonces el encanto de un libro de historia que nos informa sobre un período dramático de las relaciones entre griegos y persas. A ello se suma la habilidad del autor, que le permite combinar con los sucesos históricos una apasionada historia de amor y una intriga política que mantiene al lector en suspenso hasta las últimas páginas. Por supuesto, el libro no carece de algunos puntos flojos, como pueden serlo algunos personajes demasiado estereotipados, o algunos elementos románticos un poco triviales, pero la impresión, en general, es positiva. Sin embargo, para aquellos que no lo hicieron, creo que es mejor invertir el tiempo en leer primero la Anábasis de Jenofonte, una obra maestra que tiene toda la intriga de una novela.