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miércoles, 25 de marzo de 2009

La muerte del rey Eduardo II y la veracidad en la historia



En relación con mi última entrada, La Dame Masquée (autora de un interesante nuevo blog: De reyes dioses y héroes) me pregunta por mi opinión respecto de la veracidad de la anécdota sobre la muerte del rey Eduardo II de Inglaterra. El problema de la verdad en la historia es muy complejo. No pretendo, por supuesto, profundizar aquí en un tema con implicaciones epistemológicas tan complejas y debatidas, sino sólo ofrecer algunas reflexiones personales que puedan responder a esta consulta.

La anécdota sobre una ambigua frase latina utilizada como instrumento para lo que podríamos denominar un “asesinato perfecto” tiene un encanto novelístico indudable. Nada hace tan atractivo un relato como una conspiración llena de intriga y sorpresas. No debe asombrarnos, en consecuencia, la inclusión frecuente de la anécdota en obras literarias, desde las crónicas inglesas de Thomas de la Moor y Holinshed, a la tragedia de Marlowe y la novela histórica de M. Druon. Pero lo que hace atractiva la anécdota para la literatura es, precisamente, lo que la hace sospechosa para la investigación histórica.

La tendencia a conectar hechos aislados y adornarlos con nuevos elementos es inherente a la construcción de todo relato y muy común en las crónicas medievales. Aquí opera frecuentemente la lógica del post hoc, ergo propter hoc. La presencia de elementos novelísticos debe, entonces, poner en guardia al investigador y hacerle presumir una posible elaboración y estilización de los hechos. Un argumento de peso contra la anécdota es, sin embargo, el hecho de que la misma no es mencionada por la crónica más cercana a los eventos (la Anonimalle Chronicle), sino por crónicas más distantes en el tiempo.


Dejando a un lado la valoración de las fuentes, el argumento más fuerte contra la anécdota tiene que ver con la credibilidad o coherencia interna de la misma. Parece muy improbable que se hubiera utilizado una orden escrita en latín para comunicarse con los guardias que cuidaban a Eduardo (pues ellos eran, con toda probabilidad, analfabetos). En la anécdota, por otra parte, la idea de la frase en latín es adjudicada a Adam Orleton, obispo de Hereford, quien aparentemente no se encontraba en Inglaterra en este período. Finalmente, si la reina y Mortimer realmente ordenaron asesinar a Eduardo, tenían mecanismos más seguros que una frase ambigua para transmitir una orden directa sin que la misma se conociera.

Nada de esto quiere decir que podamos probar que la anécdota es falsa. Ese tipo de certezas absolutas es, con frecuencia, inalcanzable en la historia.

En la posible veracidad de su relato reside mucho del encanto de la novela histórica. A la historiografía, sin embargo, no le alcanza con la posibilidad, tiene que demostrar que su relato es, por lo menos, probablemente verdadero.

jueves, 19 de marzo de 2009

Una coma puede decidir sobre vida o muerte




Un lector de este blog (Auringal) me consulta sobre una interesante historia en torno a la muerte del rey Eduardo II de Inglaterra (1284-1327?), en la que una frase en latín jugó, supuestamente, un papel central.

Eduardo II, el séptimo monarca inglés de la dinastía Plantagenet, no se reveló como un gobernante hábil. Los años en que ocupó el trono fueron una época de crisis política y militar. La figura más prominente de su reinado fue su esposa, Isabel de Francia (1295-1358), la hija del rey Felipe IV de ese país. El matrimonio dio a luz a cuatro hijos, no fue, sin embargo, feliz. El problema eran las inclinaciones homosexuales de Eduardo, quien prefería compartir su tiempo con sus favoritos, dejando de lado a su esposa. Isabela abandonó, finalmente, a su esposo, partiendo a Francia en compañía de su amante, Roger Mortimer. Ellos regresarían en 1326 al frente de un ejército mercenario para derrocar al desafortunado Eduardo y asumir la regencia en nombre de su hijo Eduardo III.

Una vez adueñados del poder, Roger e Isabel quisieron eliminar a Eduardo II pero de tal forma que no se los juzgara personalmente responsables del hecho. Según la leyenda, para ello habrían redactado la siguiente ambigua orden en latín:

Eduardum occidere nolite timere bonum est

El significado de la misma varía considerablemente de acuerdo a dónde se coloque una coma. Si la misma se escribe después de “nolite”, la frase puede traducirse como:

No querráis matar a Eduardo, es bueno temer

Pero si la coma se coloca detrás de “timere”, entonces el significado es el siguiente:

No temais matar a Edurado, (esto) es bueno

Isabel y Roeger al frente de sus tropas

Es necesario aclarar que se trata, muy probablemente, de una invención sin base real histórica. El relato aparece ya en las crónicas inglesas de Thomas de la Moor y de Holinshed y debe su difusión posterior al genial dramaturgo, contemporáneo de Shakespeare, Christopher Marlowe, quien la incluye en su tragedia Eduardo II. La historia es hoy en día también conocida, en buena medida, por ser mencionada por M. Druon en su serie de novelas históricas.

La anécdota es un ejemplo brillante a la hora de ilustrar la importancia de los signos de puntuación.

Antes de terminar, sería bueno añadir que, finalmente, Eduardo III tomó el poder bajo su control, hizo ejecutar a Roger Mortimer y confinar a su madre a un castillo, donde ella permaneció hasta su muerte.