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jueves, 2 de abril de 2009

Verum esse ipsum factum


La verdad misma es lo hecho


En otra entrada de este blog (cogito ergo sum), se mencionó hace un tiempo la crítica del historiador, filósofo y profesor de retórica Giambattista Vico (1688-1744) al pensamiento de Descartes. Vico es una figura muy interesante pero relativamente poco conocida, fue un gran defensor del humanismo y de la importancia de la cultura clásica como base del conocimiento, por lo que creo que es justificado rendirle aquí un pequeño tributo.

Vico nació en Nápoles, hijo de un librero de recursos modestos. Aunque tuvo una completa educación formal -culminada con un título de doctor en derecho civil y canónico por la universidad de Nápoles en 1694-, siempre se consideró un autodidacta y su pensamiento es, sobre todo, el fruto de investigaciones y reflexiones muy personales. La mayor parte de su vida se desempeñó como profesor de retórica en esa misma universidad, fracasando sus intentos de obtener la más prestigiosa y mejor paga cátedra de jurisprudencia. Vico complementó sus ingresos durante toda su carrera ofreciendo lecciones privadas.

Su obra más importante y más estudiada hoy en día es la Scienza nuova publicada por primera vez en 1725 y considerada como la fundación de la moderna filosofía de la historia. El ambiente intelectual de la época estaba dominado por la filosofía cartesiana con su énfasis en la percepción y en las ideas claras y distintas como base del conocimiento. Para los cartesianos, su método permitía una investigación científica sólo del mundo natural, pues ámbitos como los de la historia, la política y la retórica, donde predominan las probabilidades, no otorgaban ninguna base firme para una construcción teórica estable. A lo largo de toda su obra, Vico elabora una profunda crítica del pensamiento cartesiano que es ejemplificada con sus axiomas verum esse ipsum factum (La verdad misma es lo hecho) o verum et factum convertuntur (lo verdadero y lo hecho son convertibles). Simplificando, para Vico, la única verdad que puede ser conocida es la que es el resultado de una acción creadora. La naturaleza puede, por lo tanto, ser pensada pero no comprendida, ello sólo es posible para Dios, su creador. El conocimiento humano por excelencia es el de los productos del hombre, como el lenguaje, el derecho o la historia.

En su tiempo Vico fue casi totalmente ignorado, su obra comenzaría a tener un mayor impacto recién en el siglo XIX, gracias a traducciones alemanas y francesas. Desde entonces, su obra ha influenciado a pensadores como Karl Marx, R. G. Collingwood o Benedetto Croce. En la actualidad, Vico es considerado uno de los pensadores más influyentes de la modernidad. El tiempo ha permitido reconocer lo que sus contemporáneos no supieron ver.

domingo, 25 de enero de 2009

Cogito ergo sum


Pienso, por lo tanto existo


No se trata esta vez de la cita de un autor antiguo, sino de un filósofo francés del siglo XVII. Por supuesto, René Descartes (1596-1650). Aunque Descartes eligió redactar su obra fundamental, el Discurso del método, en francés (de tal modo que -en sus palabras- “aún las mujeres puedan entenderlo”) y no en el lenguaje científico internacional de la época, el latín, la cita que condensa su idea fundamental se ha hecho famosa en este último idioma y no en su versión original: “Je pense, donc je suis”. El Discours de la methode fue publicado por primera vez en 1637 como introducción a una serie de otros estudios. Una versión latina fue publicada finalmente en 1656 con el título Dissertatio de Methodo.

Cogito ergo sum es, de hecho, una de las citas latinas más difundidas y populares. Sus fundamentos y significado no son, sin embargo, igualmente conocidos. La afirmación de Descartes puede parecer, a primera vista, banal, pero es necesaria entenderla en su contexto. En los siglos XVI y XVII el escepticismo filosófico se encontraba en una fase de apogeo. Era una época de cruentas guerras de religión en la que dogmas enfrentados generaban en los círculos intelectuales una fuerte tendencia al relativismo. A ello se sumaba la influencia de la popularidad de algunos filósofos escépticos antiguos como Sexto Empírico. El objetivo de Descartes en su Discurso del método era combatir ese escepticismo y sentar una base inamovible sobre la que pudiera desarrollarse el conocimiento humano. En busca de ese principio incuestionable, Descartes aplica la duda sistemática para rechazar toda afirmación que presente la más mínima posibilidad de falsedad. Mediante este procedimiento descubre que puede dudarse prácticamente de todo: la información que nuestros sentidos nos proporcionan no es confiable, podemos con facilidad ser presa de ilusiones, y nada nos garantiza que el mundo que experimentamos cotidianamente no sea sólo una fantasía de nuestra misma conciencia o -como lo plantea hipotéticamente el mismo Descartes- el engaño de una divinidad maligna.


La duda parece, en consecuencia, poder destruirlo todo y no dejar ningún cimiento sólido para el conocimiento, pero Descartes presenta un punto ante el cual la duda debe detenerse forzosamente: hay una persona que está pensando que todo es falso y, si piensa que todo es falso, quiere decir que existe y sobre esa existencia es imposible dudar. Esa es la idea que se expresa en la cita que discutimos, Cogito ergo sum. En su búsqueda de un método fundado en una base totalmente racional, Descartes encontró una verdad fundamental e indudable: la existencia del propio yo como base incuestionable de todo acto de conocimiento.
Tras encontrar esta liminar verdad, Decartes extrae de ella un criterio general que le permita identificar otras verdades: toda intuición de naturaleza simple debe ser verdadera o -dicho de otro modo- toda idea clara y distinta es verdadera. Para culminar con una opinión personal, creo que Decartes contradice aquí el primero y central de los cuatro principios metodológicos fijados en la segunda parte de su Discurso del Método, el de “no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es”. Ahora bien, que una idea sea clara y distinta no alcanza como evidencia de veracidad; por otra parte, la claridad de una idea es apreciada en forma diferente por distintas personas. Como señaló el humanista, historiador y filósofo Gianbattista Vico (1688-1744) -quien destinó gran parte de su vida a criticar la filosofía cartesiana y a formular un sistema superior- que una idea se nos presente como clara y distinta no significa que sea verdadera, sino tan sólo que creemos en ella.